Aquellos Diablos Ausentes dirán presente

por Débora D'Amato, el 26/10/2009 a las 19:30

cancharojo

El gran día llegó. Toda la ilusión que se vivió el 25 de noviembre de 2008 en la pre-inauguración está latente porque lo que parecía un sueño ya es algo palpable, posible. En la 11º fecha del torneo Apertura Argentino se vivirá algo imponente, histórico. Aquel estadio que tuvo la primera Doble Visera de Cemento de Sudamérica hace historia una vez más y si bien no estará al 100%, su estructura, su modernidad y complejidad lo hará sonar como uno de los mejores estadios del continente, sin lugar a dudas.

Haciendo un poco de memoria, el pasado se adueña de mi corazón fanático. Es inevitable. En la pre-inauguración los recuerdos no se hicieron esperar. Ingresando por Alsina volví a recorrer el camino del estacionamiento descubierto, ese que estaba pegadito a las vías del tren y allí comencé a darme cuenta de que hacía mucho tiempo que no entraba a la cancha por ese lado. Años mejor dicho. La última vez que lo había hecho, había sido de la mano de mi papá, Miguel. Claro, cuando él dejó de ir al estadio y yo dejé de lado el palco que habíamos compartido por tantos años, el 118, y comencé a ingresar por Cordero yendo a la platea o a la popular, dependiendo de mis ganas. Ya con ese recuerdo en mi mente, reconozco que el sólo hecho de haber pisado solamente ese suelo, me ahogó la garganta. Miré todo lo que me rodeaba y busqué, desesperadamente, algo de aquella época, algo que me conectara con papá. Poco quedó a la vista pero inmensos recuerdos quedaron marcados a fuego en mi corazón.

Con papi entrábamos a la cancha en su Ford Falcon gris. El amaba ese auto. Dentro del bólido, sus amigos, los pibes: Bernardo Grinspun y su hijo Gustavo, su entrañable amigo Sullivan, el Chino Solís y algún que otro colado. Adelante, siempre a su lado: yo. El camino hubiese sido agobiante y aburrido para una nena común pero para mí, era la mejor salida que podía sucederme: largas conversaciones de fútbol, escuchando Radio Rivadavia y la Oral Deportiva, disfrutando de ese momento y haciéndolo mágico. Empecé a acompañarlo de muy pequeña, cinco ó seis años diría. Fue como una cita inolvidable para mí esa primera vez que pisé la Doble Visera de Cemento. Yo siempre quería ir donde iba él y mamá ya lo sabía, por eso, me preparaba y me ayudaba con la ropa. Papá, siempre me compraba algo en la cancha y los amigos me llenaban de golosinas. El palco era espectacular, no por sus dimensiones justamente sino porque ese palco lo visitaba muchísima gente. A veces, cuando el Bocha no jugaba, se venía con el adorado y recordado “Ruso” Epelboim y catering de por medio, disfrutábamos del partido. Otras glorias, amigas de papá también pasaban por el 118. El “Pato” Pastoriza, el “Negro” Pedro Marchetta y otros tantos. Yo, moría de emoción de verlos con papá y mi viejo, moría de emoción compartiendo momentos con sus ídolos amigos. Así, compartimos una cantidad inexplicable de partidos y el fútbol, fue nuestro mejor aliado.

La primera vez que fuimos a la Doble Visera fue mágica. Era muy pequeña y mamá me había vestido divina. Le pedí que me peine como más me gustaba: una cola bien tirante y la cinta de colores preferida. Yo no podía creer que tanta gente gritara junta, quizás me atemoricé, pero de la mano de papá ese temor se transformó en emoción, en una sensación indescriptible que sólo comprendí con el paso del tiempo. No recuerdo qué partido se jugó, sólo recuerdo que ese fue el puntapié inicial de una era que sólo mi padre y yo supimos disfrutar. Cuando uno no quería ir por fiaca, porque le dolía la cabeza o porque hacía mucho frío, el otro, lo convencía. El paso del tiempo fue haciendo de esa cita una costumbre que hoy mantengo pese a que me falta mi co-equiper.

Por eso, ingresar por ese costado, me llenó de recuerdos y me sensibilizó más de la cuenta. Ya entrando en la Erico se escuchaba a la gente cantando enloquecida. Mi corazón se aceleraba de manera veloz y cuando pisé la platea, rompí en llanto. Demasiados recuerdos juntos. Arriba, el palco 118 de la Doble Visera ya no estaba pero había uno nuevo y a la misma altura del que yo iba. Había otras personas pero sé que papá se había hecho un lugarcito para disfrutar de lo que se venía. A mi lado, en ese momento aparece Oscar Sastre. Con sus años a cuestas, caminando orgulloso y peinado canas. Demasiado para mí. Seguí caminando, emocionada hasta los dientes y la gente agitando sus banderas, cantando por el glorioso Independiente. Los momentos del estadio se iban sucediendo y yo, no salía de mi asombro. ¡Todo estaba tan cambiado y a la vez, todo me era tan familiar!

El 25 de noviembre fue como una película que pensé que había terminado. Sin embargo, el esfuerzo y los sueños se hicieron fuertes y aquellos fuegos artificiales que iluminaban el cielo maravilloso de esa noche me hicieron dar cuenta que había cuerda para rato y que lo mejor todavía no había llegado. El gran día llegó, el 28 de octubre Colón rompe el hielo y nos visita. Sé que será un partido importante más allá del resultado y del rendimiento. Sé que muchos diablos ausentes se harán tiempo para la cita y se ubicaran en los espacios que encuentren para vivir una vez más, la gran emoción de la familia roja. Papá y muchos otros tantos estarán allí, presentes, acompañándonos en este gran paso que ha dado nuestra maravillosa institución.

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