TORONTO, CANADA. - No sé cuantos años de fútbol tengo. Miles. Sufrí mundiales enteros frente a la tele. Jugué más partidos que Bochini. Y en casi todos los puestos. Empecé de delantero. Hice más goles que Romario, seguro. Soñe otros diez mil. Después me fui atrasando, como les pasa a muchos. De enganche, de cinco, de central... hasta brillé en el arco. De lo único que no jugué -por suerte- es de lateral, puesto nefasto que ni tendría que existir. Vi nacer y morir a mis ídolos. Vi a tipos jugar 15 años con la misma camiseta; ahora hacen dos goles y los venden a Arabia. Pasé por más equipos que el Toti Iglesias. Me mezclé en algunos partidos con profesionales y glorias del pasado. Jugué con “La Vieja” Reinoso (una vez le metí un caño que no me lo voy a olvidar nunca y me ilusiono pensando que él tampoco), con Daniel Onega (que tiene 200 años y cada vez juega mejor), con Hugo Porta (qué jugador se perdió el fútbol!), con Alonso (que no me pasó una pelota), el Totó García, Kuyumchoglu, Meijide, Neuspiller (el goleador del ascenso)... hasta con Bilardo, que una vez me eligió como arquero para su equipo, algo que no muchos pueden decir. Ahora casi no juego. Mi rodilla derecha ya no me deja... Ahora escribo para mitigar ese dolor.
Sí, ya sé. Le ganamos 5 a 0 y a vos te quedó la sensación de que los rubiecitos canadienses en esto del fútbol no existen. Y en parte tenés razón, no te lo voy a discutir.
Pero por ahí también te imaginas que si venís a Canadá durante el mes del Mundial te la vas a pasar añorando ver el Mundial por la TV Pública porque acá no le dan ni bola.
Y ahí, mi amigo, es donde quiero iluminarte.
En Argentina nos han educado con el mito del crisol de razas, Buenos Aires ciudad cosmopolita y todo eso, pero en cuanto a multiculturalidad estamos lejísimos de Toronto, por ejemplo. Para ilustrarlo te cuento que más del 50% de la población de Toronto es considerada “minoría visible”, como le llaman acá a los que no son blanquitos. No es un error, más de la mitad, es una barbaridad. Y los podés escuchar a cada rato en la calle. Cientos de idiomas que convierten a Toronto en una Babel civilizada.
Y como bien sabrás, el fútbol es el deporte más popular en todo el mundo, excepto en Norteamérica. Por este lado del mundo, los locales están más pendientes de la Stanley Cup (la final de la NHL, la liga de Hockey sobre hielo), que del soccer, como les gusta llamarlo por acá.
Pero a pesar de los locales, el Mundial empieza a latir en Toronto, de la mano de los inmigrantes. Porque ellos no sólo traen el idioma, traen también sus costumbres y sus pasiones. Ya empiezan a aparecer banderas de todos los colores. De Italia, que son millones; de Portugal, que están agrandadísimos; de Grecia, ruidosos como nadie; de toda Europa, que sus guerras expulsaron a millones; de latinos, que hay miles y miles… Hay de todo: yanquis, coreanos, japoneses, africanos… y lo que se te ocurra. Y no importa si su equipo quedó afuera. He visto banderas irlandesas, escocesas, de Turquía, hasta de Uganda, ya contagiadas por el espíritu Mundialista.
Está claro que para los locales el fútbol, aunque creciente, no es una prioridad. Está claro que su selección no está a la altura de la pasión que existe en este país por el fútbol. Pero también está claro que el Mundial se va a vivir aquí como en ninguna otra ciudad del mundo.
Acá argentinos no son muchos, pero seguramente se harán escuchar.
No sé qué va a pasar en el Mundial. Nadie lo sabe.
Porque en ese mes todo es posible. Grandes equipos que clasificaron fácil y tan fácil como entraron se fueron en primera rueda, como nos pasó en el 2002. Grandes figuras que llegaron con la presión de ser estrellas y en el Mundial no estuvieron a la altura de lo que se esperaba de ellos (Maradona 1982).
En un Mundial pasa de todo. Los grandes yerran penales (Maradona, Platini, Baggio), aparecen los tapados, esos tipos que llegan como suplentes y terminan siendo figuras (Goyco o Totó Schillaci en el ‘90), enormes jugadores padecen equipos vacíos (Salas, Zamorano, Drogba, Aguinaga), lesiones que despedazan ilusiones (Beckham, Owen, Rooney?, Torres?, 2010), figuras que pierden la cabeza (Ortega 1998, Zidane 2006), hasta tipos que se quedan afuera por doping (te acordás de alguno?).
En un Mundial pasa de todo. Candidatos que se van tempranito, tapados que dan sorpresas (Corea, Turquía, 2002) y siempre habrá un colorido equipo africano que festeje los goles bailando con el banderín del corner a modo de lanza, y se meta en cuartos (pero nunca en semis). Y la final… la final siempre estará reservada para los grandes.
La historia nos ha demostrado que no importa lo bien o mal que te fue en los cuatro años previos, en un Mundial puede pasar de todo.
Pero ojo, todavía creo que un campeón se fabrica, no solamente ocurre. Es cuestión de hacer las cosas bien para darle una mano a ese azar que siempre anda deambulando por los estadios.
Y ahí es donde la pifiamos feo en estos años. Hablamos de que se queda afuera Zanetti, pero en los últimos 8 años la verdad que nunca sacamos a ninguno mejor (y mirá que probamos, eh!). Desde que se fue Sorín tampoco apareció otro confiable para reemplazarlo. Ahora tenemos que recurrir a jugadores sin experiencia, ni siquiera en eliminatorias, para completar una lista de 30. Será porque después será más fácil dejarlos afuera de la lista de 23?
Tal vez sea cuestión de encomendarnos a San Palermo.
La interna Basile-Maradona a un mes del Mundial tampoco ayuda en nada. Y alguien debería recordarle al entorno de Basile que a un DT que anda bien nadie le mueve el piso, y si no que alguien pruebe hoy mismo serruchar a Guardiola. Todo esto suena a improvisación y desconcierto, y agregale mucha mala leche (y me pregunto si alguna vez sabremos la pura verdad). La cuestión es que como te dije, en estos cuatro años la pifiamos muy feo.
No sé… en un Mundial puede pasar cualquier cosa. Por ahí algunos terminen colgando banderas “Perdón Maradona”. Pero pase lo que pase en el Mundial, alguien en la calle Viamonte debería colgar una bandera que diga “Perdón, hinchas, por estos 4 años”.
La nueva temporada de la creciente MLS largó con algunas novedades.
La primera es la incorporación de Philadelphia Union como nuevo equipo de la Liga. El crecimiento de la Liga no se detiene y para 2011 está programado el ingreso de Portland y Vancouver; para el 2012 se especula con el ingreso de Montreal.
También hay espacio para rumores. El crack/eterno-suplente Raúl, ya cansado de seguir batiendo récords desde el banco del Madrid, habría iniciado contactos con el RedBull de Nueva York para llegar en la próxima temporada. Algunos van todavía más lejos y señalan que desembarcaría junto a Thierry Henry. Todavía todo está muy verde, pero incorporaciones de ese calibre sin duda le harían muy bien a esta Liga, que si algo necesita es jugadores de calidad.
La presencia argentina sigue siendo importante. A la figura de Guillermo Barros Schelotto (Columbus Crew) se agregan los campeones de la última edición Fabián Espíndola, Nelson González y Javier Morales (Real Salt Lake), Pablo Mastroeni (Colorado), Gino Padula (Columbus Crew), Dario Sala (Dallas), Santiago Hirsig, (Kansas), Javier Robles, (San José) y Martin Saric, hermano del recordado Mirko, quien desembarcó en Toronto.
Estos fueron los resultados de la primera fecha:
Seattle 2 – Philadelphia 0
Chivas USA 0 – Colorado Rapids 1
Columbus 2 – Toronto 0 (gol de Guillermo B. Schelotto)
FC Dallas 1 – Houston 1
NY Red Bulls 1 – Chicago Fire 0
KC Wizards D.C. 4 – United 0
SJ Earthquakes 0 – Real Salt Lake 3 (goles de Fabián Espíndola y Javier Morales)
LA Galaxy 1 – NE Revolution 0
Y de regalo, el gol del Guille a Toronto (48 segs).
Son días olímpicos para Canadá. Atrás ya han quedado los las protestas de los grupos “anti-Juegos”, las complicaciones climáticas (demasiado “calor” para unos Juegos de Invierno) y hasta la muerte del georgiano Nodar Kumaritashvili durante su entrenamiento de “Luge”, a escasas horas de la ceremonia inaugural.
Aún en Toronto, a 4.000 kilómetros de distancia de Vancouver (sede de los Juegos), el espíritu olímpico se respira. Hasta en los lugares más inesperados uno puede encontrarse con infinidad de plasmas dedicados a transmitir durante las 24 horas lo que para Canadá es motivo de orgullo nacional.
Y el clima se contagia. Llegás a tu casa fundido, prendés la TV y en un punto te das cuenta de que sacrificaste tres horas de sueño por mirar Eslovenia vs. República Checa en “Curling”, esa gélida versión de nuestras queridas “Bochas”.
Así fue que ayer me encontraba mirando la final del “Bobsleigh” de minas (ya sé, no me lo digas… estoy muy mal…). Canadá tenía dos equipos: el “Canadá 2″, que estaba primero, adjudicándose la Medalla de Oro, y el “Canadá 1″, que era el último que podía arrebatarle el Oro. Las cámaras estaban todas con las chicas de “Canadá 2″, esperando el resultado de sus compatriotas. “Canada 1″ finalmente se impuso, relegando a “Canadá 2″ a la Medalla de Plata.
Así, en menos de un minuto, las chicas de “Canadá 2″ vieron cómo la Medalla de Oro se le esfumaba de las manos. Lejos de amargarse, festejaron con ganas el histórico 1-2. Parecían ellas las Campeonas Olímpicas. Más tarde, en el momento del podio estaban más contentas que las Campeonas. Era emocionante verlas.
Y claro, ¿Cómo no vas a festejar!!!? Seguramente se pasaron una vida preparándose para ese momento. Seguramente habrán padecido privaciones o sacrificado afectos por su carrera deportiva. Hasta arriesgan sus vidas tirándose en esos trineos que van a 150 km/h.
Y fue inevitable, en ese momento, viendo a las sub-campeonas tan contentas (algo común en estos Juegos), se me vino a la cabeza el papelón del fútbol argentino en Atlanta, en aquella final perdida contra Nigeria.
Me acordé de jugadores, que vistiendo la camiseta argentina se quitaban del cuello la Medalla de Plata, como si no quisieran ser retratados en ese momento de deshonra. Es que para el fútbol argentino ser segundo es un fracaso, por más que nuestro último Mundial ganado ya se esfuma en nuestra memoria.
Sin embargo, hemos festejado el Tercer Puesto en el Mundial de Rugby, o el sub-campeonato del Mundial de Basquet de Indianápolis. No sé… será que ahí íbamos de punto…
Me pregunto si algún día el fútbol argentino festejará un sub-campeonato. No me atrevo a pronosticar qué va a pasar en Sudáfrica, pero como estamos hoy por hoy, cualquier cosa que no sea volverse en primera rueda debería ser motivo de una vueltita por el obelisco…
El impresionante Scott Stadium, del equipo de fútbol americano de la Universidad de Virginia. Orgullo de toda una ciudad.
Acabo de volver de Estados Unidos. Me fui a pasar las fiestas con familiares y por qué no a despejar un poco la cabeza. Anduve por Charlottesville, un pueblo chiquito que alberga a la prestigiosa Universidad de Virginia. Un lugar espectacular, donde el espíritu de Jefferson, Madison, Monroe, Lewis & Clark o Edgar Allan Poe todavía recorre sus históricos edificios. Son esos lugares en donde la historia se ve y se palpa, te guste o no te guste la historia norteamericana.
También anduve por Washington, aunque menos de lo que hubiera querido. Me impresionaron su poder y buen gusto, que al norte del Río Grande escasea. Anduve por los museos, gratis para todos. Estaban repletos de gente, y el buen humor se respiraba, más o menos como en Disney. La crisis parece ser cosa del pasado o existir sólo en los escritorios de los funcionarios. Noté a la gente de buen ánimo, ávida de tomarse revancha del infame 2009, que sepultó tantos sueños.
Sepultada también bajo la nieve quedó la mitad de Estados Unidos. Se reportaron nevadas record para diciembre y caos general en aeropuertos atestados de viajantes navideños. A todo esto agregale la paranoia oficial por el fallido atentado terrorista y el resultado es un caos digno del tercer mundo. Igual nada parece hacer menguar el ánimo de los norteamericanos.
El Klöckner Stadium sepultado bajo medio metro de nieve.
Ya de vuelta en la pequeña Charlottesville, tan distante de las preocupaciones de la gran ciudad, tuve la oportunidad de conocer los estadios de la Universidad de Virginia. El estadio de basquet John Paul Jones Arena (donado por un ex-alumno de la Universidad), el Scott Stadium del fútbol americano (capacidad 60.000, aunque la población de Charlottesville no pasa de 50.000), y el más modesto Klöckner Stadium (casi 40.000), para el soccer. La magnificencia de estos estadios nos habla de la importancia que tiene para EE.UU. el deporte universitario. Ya no sorprende escuchar que el deporte universitario es una pasión mucho mayor que la NBA o la NFL; y justamente se usa la palabra “pasión” para justificar su éxito, en abierto desafío a los billones de dólares de las grandes ligas profesionales.
Lamentablemente el Klöckner Stadium se hallaba sepultado por casi medio metro de nieve. La verdad que no sé porqué los norteamericanos andan de tan buen humor… Pobres tipos, con tanta guita y no pueden ir a la cancha a ver un partido de fútbol…
Hasta la próxima
El Klöckner Stadium sepultado bajo medio metro de nieve.
El tipo de la foto se llama Malcom Gladwell. Es británico, pero fue criado en Ontario (Canadá). Tiene pinta de científico loco, e imagino que su relación más duradera fue con un Pentium 4. Columnista de la prestigiosa “New Yorker” y autor de varios best-sellers de esos que la gente hace cola afuera de las librerías el día del lanzamiento, Gladwell se ha convertido en una celebridad dentro del mundo editorial.
En su libro “Outliers” (en Argentina conocido como “Los fuera de serie”), Gladwell realiza un análisis pormenorizado de porqué algunas personas llegan a ser más exitosas que otras. Es tentador abrir el libro con la esperanza de encontrar una fórmula mágica que garantice el éxito, pero lejos de complacerte, Gladwell llega a la conclusión de que casi invariablemente, todas las personas que han sido exitosas han dedicado una enorme cantidad de horas a perfeccionar sus aptitudes, habilidades y disciplina. Y además lo cuantifica.
A través de su investigación, Gladwell estima en 10.000 el número de horas necesarias para hacerse experto en alguna actividad, lo cual supone una monumental dedicación. En su libro, Gladwell cita los ejemplos de Bill Joy (el creador del Unix), de los Beatles, de Bill Gates y de Mozart (el mismo de la cancha de Racing) entre otros y explica las circunstancias que los favorecieron para que pudieran entregarse devotamente al aprendizaje. Si algo tienen en común todos estos personajes es la enorme cantidad de horas que invirtieron en su futuro éxito.
Para ponerlo en perspectiva, supongamos que sos contador y laburás 8 horas por día, 5 días por semana (no te quejes, tenés los fines de semana libres), durante 50 semanas (te dejo 2 de vacaciones), lo que daría un número aproximado de 2.000 horas anuales. No debería sorprenderte entonces, que a los 5 años de usar el Excel seas capaz de calcular la indescifrable “Hipótesis de Riemann”, sin siquiera tocar el mouse de tu máquina. El mismo concepto es válido para otras actividades, desde escritores y músicos a panaderos o plomeros-gasistas. No es casualidad que a los pilotos se les computen las “horas de vuelo”, o que el requisito para un trabajo sea “5 años de experiencia”; en este caso no se habla de horas, pero en definitiva es lo mismo: lo que cuenta es el tiempo que le dedicaste.
El ámbito del deporte por supuesto no es una excepción. Suponete que jugás al fútbol desde los 6 años, 2 horas por día, 5 días por semana, durante 50 semanas, (500 horas anuales). En 20 años habrás completado las 10.000 horas, lo que sucedería a los 26 años, una edad bastante cercana a la plenitud de un futbolista. En mi caso particular, después de un rápido cálculo te puedo decir que gracias a diversas circunstancias que lo hicieron posible, llegué a las 10.000 horas más o menos a los 20 años, lo cual explica mi notable éxito en este deporte, hasta que un energúmeno me rompió el ligamento cruzado.
Las nuevas generaciones dedican mucho más tiempo que antes a los videojuegos. ¿Surgirán menos cracks del deporte en el futuro?
Si le preguntás a cualquiera de mi familia, podrá atestiguar acerca de la cantidad de zapatillas, lamparitas, y paciencias que rompí en mi casa porque me la pasaba jugando al fútbol (por suerte no existía la PlayStation). Puedo imaginar que los padres de cualquier deportista de elite te pueden decir lo mismo. A “Doña Tota” seguramente todavía le duele la cabeza de los pelotazos que pegaría El Diego; los viejos de Manu Ginóbili seguro que te contarán que Manu se la pasaba con una pelota de básquet en las manos; ni me quiero imaginar lo que sería bancarse a un hijo hiperkinético como Rafa Nadal dándole a la pelotita todo el día.
Y ya que hablé de la PlayStation, si Gladwell tiene razón podemos augurar que las próximas generaciones traerán muchos más talentos de los videogames que del deporte tal como lo conocimos cuando éramos chicos. Un escenario lamentable por donde se lo mire.
En resumen, mi amigo, el trabajo que se tomó Malcom Gladwell sirve para demostrar que para los honestos el éxito llega sólo de la mano del trabajo y la disciplina. Es una sana conclusión, en especial en estos días en los que el esfuerzo como valor está bastante devaluado.
Ahora decime vos: ¿en qué invertiste esas 10.000 horas?
Hasta la próxima y felices fiestas!!!
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PD: Yo, por mi parte, también inicié una investigación paralela. Hasta llegué a hablar con la vieja de Tiger Woods. Me contó que Tiger de chiquito era muy tranquilo, que lo único que hacía era jugar con la niñera…
Si leíste mi nota anterior y te dejé el ánimo por el piso (ver nota), primero te pido perdón. Y ahora que estoy de mejor humor te paso el antídoto. Ya te conté lo que es jugar en otro idioma (ver nota), jugar al futivolley con brasucas (ver nota), y como dudo de que alguna vez hayas pasado por esta experiencia, hoy te voy a contar lo que es jugar al fútbol con minas.
Antes que nada vamos a aclarar los tantos. Porque vos seguro que alguna vez fuiste a alguna fiesta, ponele en una quinta, te mamaste y terminaron todos en la pileta. Después, así de la nada, apareció una número 5 y se armó un picado, minas incluidas. Si querés agregá alguno en pelotas, como condimentar un poco la cosa.
O si no en la playa. Playa amplia, tipo Claromecó, algo así. Con Aníbal Hugo y todo. Lo mismo: picado playero y se prenden las minas. Transpirás un rato, hasta que una mina se fractura el dedo gordo por pegarle de puntín y se suspende todo. Está bien, te divertiste, corriste un poco, pero con esto no me podés decir que jugaste con minas. Una idea tenés, pero con eso no te puedo aprobar. Todavía te falta.
Cuando te digo jugar con minas me refiero a jugar en serio. De once, con botines, canilleras, redes, referí, jueces de línea, firmando planilla y todo eso.
Imaginate: entrás a la cancha con tu equipo, estás precalentando, mirás a los contrarios y ves que en el otro equipo hay una mina. Al principio pensás que es una masajista, o por lo menos la novia de alguno. Pero la mina tiene botines y canilleras. Te ponés a contar, porque te parece raro y resulta que son once. Y, si, la mina juega. Por este lado del mundo esas cosas pasan.
Lo primero que te voy a pedir es que por esa mina te saques el sombrero. Por el sólo hecho de entrar a una cancha solita, rodeada de 21 animales (sin contar la terna arbitral), ya la mina demuestra que tiene unos huevos del tamaño de un Botero.
Segundo, te pido que no la subestimes. Me ha tocado jugar con algunas minas por las que entregaría a varios de mis amigos en parte de pago, en caso de que me los aceptaran. Es que acá hay minas que juegan bien, en serio. Les enseñan a ser criteriosas. No vas a ancontrar a muchas que gambeteen o que se la morfen. Juegan en equipo.
Si me preguntás a mí, te digo que prefiero tenerlas de mi lado, porque cuando jugás contra ellas es jodido. Imaginate si te una mina te hace un caño. No vas a ser tan animal de salir a partirla como lo harías con un tipo. Tampoco le vas a tirar el cuerpo para que termine cuadriculada contra el alambrado. Queda feo. Entonces, a veces vas flojito y por ahí la mina -que ella sí va con todo porque va a chocar contra un tipo-, te tira al carajo. Imaginate el papelón, lo que se te cagan de risa tus compañeros, los contrarios y hasta el referí.
En cambio, cuando la tenés en tu equipo es distinto. Por lo general ocupan puestos periféricos. La columna vertebral siempre son los tipos: arquero, los centrales, el cinco, el enganche y un 9 que la meta. Si vienen minas las ponen arriba, por las puntas, o de carrileros. De laterales no porque si las pasan te empiezan a llover los centros. Otra ventaja es que vos se la das y la pelota te vuelve; la mina no va a tratar de disputarte el liderazgo, entendés? Nunca vas a tener una discusión en el entretiempo, ponele: “Vos, boluda, seguilo al 3, porque se junta con el 11 y nos cagan a centros!!!”, para que encima te conteste: “Escuchame, pelotudo, ¿por qué no callás y en vez de criticar te ocupas de tomar al pelado de ellos, que se está haciendo un picnic por tu lado?”, como te podría contestar cualquier compañero barbudo.
No, eso con las minas no pasa. Dentro de la cancha son prolijas, sumisas, respetuosas. La verdad que da gusto jugar con minas. Pará, por favor, porque ya te veo la cara y ya sé lo que me vas a decir… Por favor, no me vengas con la pregunta boluda de si nos cambiamos en el mismo vestuario y esas cosas, porque acá no estamos para hablar boludeces sino para discutir el tema con altura, con enfoque científico, te diría.
Y en honor al rigor que exige la ciencia, debo advertirte que todo esto tiene una gran trampa. Porque te conozco y sé que sos un tipo tan enfermo del fútbol como de las minas y podrías sentirte tentado a pensar que esto de compartir el fútbol con minas es el paraíso, porque sería como juntar tus dos pasiones. Pará. Pará acá. Hasta acá veníamos juntos pero yo me bajo acá. Todo bien, es una linda experiencia, la disfrutaste, tenés algo curioso para contarle a tus amigos, hasta por ahí sos el centro de la fiesta por quince minutos. Pero hasta acá llegamos.
No sé, seré antiguo, lo que quieras. Pero el partido terminó y cada uno a su casa. De sólo imaginarme que alguien pueda estar en la cama, con una mina al lado (ya sea novia, esposa, amiga, vecina o la raza que sea) mirando Fútbol de Primera, y encima escuchando que opinan sobre cuestiones tácticas, ahí ya empiezo a presentar síntomas de gripe aviar y porcina juntas. Imaginate discutiendo de igual a igual si el carrilero tiene que subir pegado a la línea o más adentro para no taparle la subida al 4, si hay que jugar con doble cinco o si se puede jugar con dos “9 de area” juntos.
El día que pase eso habrás perdido todo. Habrás entregado el último bastión que teníamos los hombres para que no nos rompan las bolas durante dos horas (aunque en eso los golfistas nos ganan por afano; esos se rajan todo el día). Preguntale a tu mujer si le gustaría que la acompañes cuando va al shopping y de paso le controlás cuánto gasta con la tarjeta de crédito. Andá y contame lo que te dice. Por suerte allá las minas no juegan al fútbol y vos no tenés estos problemas…
Ahora te dejo. Me hiciste acordar: me voy a controlar el resumen de la tarjeta. Decime… ¿tu mujer también gasta tanto?
Hasta la próxima.
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PD: recibí muchos mails y comentarios por la nota anterior. Confieso haberla escrito con miedo, pero me alegra saber que hay mucha gente que valora lo realmente importante. Saludos a todos.
Africa, anfitrión del próximo Mundial. El continente de las miradas tristes.
Hoy no te voy a hablar de fútbol. Bueno, está bien, un poco. Pero igual no es el tema central. Porque no todo es fútbol en la vida. Por este lado del mundo las euforias de los playoffs se han disipado y antes de que empiece la locura del Mundial tenemos tiempo para hacer un poco de reflexión. Y para eso te traigo una anécdota de cuando vivía en Winnipeg.
Es de noche. Mi mujer empieza con contracciones. Ya estábamos sobre la fecha, así que teníamos todo preparado. El bolsito y todo eso. Mi mujer hace una llamada; habla con una enfermera telefónica de esas que te hacen diez mil preguntas y decide si tenés que salir rajando al hospital o no. Le dijo que sí.
Así que nos tomamos un taxi y en 20 minutos llegamos a Health Sciences Hospital de Winnipeg. Pasamos toda la noche en la guardia esperando que mi mujer dilatara, pero nada.
A eso de las 6 o 7 de la mañana nos pasan a una habitación común. Todo seguía igual, nada de dilatación, pocas contracciones, tampoco complicaciones… en fin, tedioso y aburrido. Por lo menos teníamos tele, que a la mañana no es gran cosa pero aunque sea el noticiero te salva.
3 de la tarde y todavía sin novedades. Mi mujer trata de dormir y yo por fin capturo el control remoto. Empiezo a subir 27…28…29… y en el 30 escucho la siempre emocionante “Zadok the priest”, de George Frideric Handel. Sí ya sé, por ahí no te dice nada, pero si te digo que es la emblemática cortina de la Champions ahora la cosa te va cerrando. El Canal era TSN, la empresa hermana de ESPN en Canadá. Estaba por empezar un partido de la Champions en vivo. Salvado –pienso–. Durante las próximas dos horas por lo menos tengo fútbol.
En el momento en que ponen la gráfica con la formación de los equipos, aparece una enfermera. La que estuvo durante la mañana ya se fue; esta recién empieza. Es una negra enorme, altísima; no me pelearía nunca con ella. Le estimo el peso: debe andar entre los 90 y 100 kilos. A mi mujer no le da ni bola. Tiene los ojos clavados en la tele.
–Oh! –dice sonriendo. –Juega el Chelsea. Es mi equipo –me dice orgullosa.
–Sí, son buenos –le digo diplomático.
La negra me pregunta si me gusta el soccer. Por supuesto. Me pregunta de dónde soy. De Argentina. Oh! Argentina, Crespo es uno de mis favoritos; el que no me gusta es el técnico, ¿cómo se llama? Mourinho –le apunto. Sí, ese…Mourinho…es muy antipático…
Así es que nos ponemos a hablar de fútbol con una negra de 1,90 que me podría matar con sus manos. El poder de unir a la gente que tiene el fútbol es impresionante. Simpática la negra, no como el resto de las enfermeras canadienses.
De ahí en más, una cosa lleva a la otra y nos ponemos a hablar de otros temas: que cúando llegaron, que por qué se vinieron, y todo eso. Entonces te ponés el cassette (qué antiguedad) y repetís lo mismo que ya contaste cien veces y volverás a contar otras mil.
Y llega el momento en que ya le contaste todo y de puro curioso y como correspondiendo a su interés, entonces le preguntás vos: hace cuánto que estás acá. 18 años. De dónde venís. De Sudán. Por qué te viniste… Silencio… más silencio… y finalmente: “No quiero hablar de eso”. En un segundo y por una pregunta pelotuda le arruiné el día a la negra simpática que tal vez hace 18 años que trata que el olvido cicatrice sus heridas.
Desde ese día tomé como regla general que a los negros africanos no les pregunto por qué se vinieron, excepto que por iniciativa de ellos me lo quieran contar. Es que los que vienen de Africa, salvo que sean del Norte (marroquíes, tunecinos, argelinos o egipcios, por ejemplo) o sudafricanos, que vienen por las de ellos y con guita, lo más probable es que lleguen como refugiados. Y si viniste como refugiado es porque estuviste en peligro de muerte, vos o alguno de tu familia; o por ahí te pasaste meses hacinado en un campo de refugiados rezando por la llegada de la ayuda humanitaria. No tenemos ni idea de lo que se vive ahí adentro. Andá a saber porqué la pobre negra se habrá tenido que ir de Sudán. Yo no quiero ni saber.
Esta es sólo una de las mil historias que conocí gracias al fútbol (aunque hoy es difícil decir gracias). O por lo menos la de alguien a quien ya no le quedan más lágrimas para contar su historia.
Estoy leyendo “Dispatches from the Edge” (reportajes desde el límite, más o menos), un libro autobiográfico de Anderson Cooper, el flaquito canoso de la CNN. Voy por el capítulo del hambre en Nigeria. Dan ganas de llorar.
Perdoname que te haya amargado el día, pero en todo el mundo estas cosas siguen pasando. Si estás leyendo esta nota es porque alguien se preocupó por que te enseñen a leer; tenés computadora o acceso a ella; tenés luz eléctrica, que te sorprendería saber cuánta gente en el mundo no tiene, y sobre todo tenés libertad. Hay gente que no tiene nada de eso y la pasa mal en serio. Por eso me despido con un consejo de amigo: no te quejes tanto por lo que no tenés; disfrutá lo poco o mucho que tengas y sobre todo merecételo.
El festejo del Real Salt Lake, el inesperado campeón de la MLS.
La MLS tiene nuevo campeón. El Real Salt Lake, en los papeles el equipo más flojo de los playoffs, se dio en gran gusto de ganarle por penales al glamoroso LA Galaxy, en el partido jugado anoche, a estadio lleno, en Seattle.
El equipo de los argentinos Morales, Espíndola y González (no jugó) se fue al descanso perdiendo 1 a 0. Encima mi amigo David Beckham, así rubiecito y fachero como lo ves, el inglesito lo sacudió a Javier Morales, la carta ofensiva del Real SL y lo dejó fuera del partido. Igual a Beckham lo banco porque reparte, pero igual se la banca.
A fuerza de garra el equipo de Utah lo empató en el segundo, forzando el alargue y posteriormente los penales. Finalmente, el Real Salt Lake se impuso por 5 a 4.
Si leíste mi nota anterior (ver nota), te estarás preguntando cómo le fue al MVP. Reconozco que no fue tan trágico como lo imaginé, pero en los penales el MVP Donovan mató un cafetero de la tercera bandeja en un momento clave. Un papelón indigno de un MVP.
Bueno, dejémoslo a Donovan tranquilo porque no tengo nada contra él e hizo méritos suficientes para merecerse el premio; el penal que se comió en la final es sólo una pequeña mancha, y la culpa la tienen los que eligen al MVP antes de la final. Acá se ve el daño que causan.
La temporada ha terminado y felicitaciones al inesperado campeón. Fue una semana agotadora y ahora necesito un descanso…
Landon Donovan, de Los Angeles Galaxy, nuevo MVP de la MLS. Esperemos que no haga un papelón en la final. ¿O sí? Estaría buenísimo...
Prometí que nos veíamos después de la final, pero los yanquis se mandaron una que no me pude aguantar… ¿Por qué me hacen calentar? Si me levanté de buen humor, para disfrutar un fin de semana en familia… ¿Por qué me hacen esto?
Sobre el final de esta semana se conoció el MVP de la MLS, es decir el premio al mejor jugador de la temporada, el que el año pasado se llevó el Mellizo Guillermo. Este año se lo dieron a Landon Donovan, el gran capitán del Los Angeles Galaxy, el firme candidato para ganar la final.
Ahora yo me pregunto: si la final se juega el domingo, ¿por qué no esperan a que termine para entregar el premio? ¿Tan difícil es?
Es como si lo estuviera mirando: a Donovan se le cruzan los cables porque le hacen un penal que se vio desde Formosa, y encima que no se lo cobran, lo amonestan por simular. ¿Nunca te pasó esa? Al minuto hace un gol y de la bronca que tiene lo festeja con todo, sacándose la camiseta y gritándoselo en la cara al referí. Ahí el referí, que no quiere quedar como un boludo delante de 50.000 personas, lo manda a las duchas y el Galaxy se queda con diez. Epílogo: el Galaxy no puede aguantar la ventaja y termina perdiendo por culpa del MVP, que no supo controlar sus emociones… un papelón para Donovan, pero también para la MLS.
Pero ojo que no sólo son los yanquis, porque a la FIFA también le pasó. En el Mundial 2002 lo eligieron Balón de Oro a Oliver Khan y después se comió el gol de Ronaldo en la final. También hubo controversia en el 2006, cuando lo eligieron a Zidane; ahí corrió el rumor de que la votación se había cerrado antes del cabezazo. Digo yo: ¿no se puede aprender de estos errores?
No sé… estarán apurados… tendrán el auto cargado con toda la familia para irse de vacaciones… o si alargan la ceremonia les saldrá más cara la luz del estadio… andá a saber, para mí es inexplicable.
Si es tan fácil… los tipos podrían convocar a todos los medios y sponsors durante la semana siguiente. La contratás a Jennifer Lopez para que cante, baile, entregue el premio y entusiasme a los latinos, que son buena parte del alma de esta liga. Lo traés a Copperfield para que lo meta en una caja a Donovan y lo serruche al medio. Si querés agregá un rapero que protagonice un escándalo mediático que te asegure la difusión del evento. Todo con la conducción de Silvio Soldán. Es decir, con unos mangos te asegurás un espectáculo de nivel mundial y de paso evitás el riesgo de que el MVP haga un papelón en la final… Hasta podés cobrar diez lucas por cabeza (que muchos figurones pagan eso y mucho más) y destinar lo recaudado a algún hospital de la zona y todos contentos…
Pero el más contento de todos es Silvio, que se levantó a Jennifer Lopez… Un grande Silvio… nada ni nadie lo detiene…