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10.000, el número mágico del éxito

Jueves, Diciembre 24th, 2009
Malcom Gladwell, autor the "Los Fuera de Serie".

Malcom Gladwell, autor de "Los Fuera de Serie".

El tipo de la foto se llama Malcom Gladwell. Es británico, pero fue criado en Ontario (Canadá). Tiene pinta de científico loco, e imagino que su relación más duradera fue con un Pentium 4. Columnista de la prestigiosa “New Yorker” y autor de varios best-sellers de esos que la gente hace cola afuera de las librerías el día del lanzamiento, Gladwell se ha convertido en una celebridad dentro del mundo editorial.

En su libro “Outliers” (en Argentina conocido como “Los fuera de serie”), Gladwell realiza un análisis pormenorizado de porqué algunas personas llegan a ser más exitosas que otras. Es tentador abrir el libro con la esperanza de encontrar una fórmula mágica que garantice el éxito, pero lejos de complacerte, Gladwell llega a la conclusión de que casi invariablemente, todas las personas que han sido exitosas han dedicado una enorme cantidad de horas a perfeccionar sus aptitudes, habilidades y disciplina. Y además lo cuantifica.

A través de su investigación, Gladwell estima en 10.000 el número de horas necesarias para hacerse experto en alguna actividad, lo cual supone una monumental dedicación. En su libro, Gladwell cita los ejemplos de Bill Joy (el creador del Unix), de los Beatles, de Bill Gates y de Mozart (el mismo de la cancha de Racing) entre otros y explica las circunstancias que los favorecieron para que pudieran entregarse devotamente al aprendizaje. Si algo tienen en común todos estos personajes es la enorme cantidad de horas que invirtieron en su futuro éxito.

Para ponerlo en perspectiva, supongamos que sos contador y laburás 8 horas por día, 5 días por semana (no te quejes, tenés los fines de semana libres), durante 50 semanas (te dejo 2 de vacaciones), lo que daría un número aproximado de 2.000 horas anuales. No debería sorprenderte entonces, que a los 5 años de usar el Excel seas capaz de calcular la indescifrable “Hipótesis de Riemann”, sin siquiera tocar el mouse de tu máquina. El mismo concepto es válido para otras actividades, desde escritores y músicos a panaderos o plomeros-gasistas. No es casualidad que a los pilotos se les computen las “horas de vuelo”, o que el requisito para un trabajo sea “5 años de experiencia”; en este caso no se habla de horas, pero en definitiva es lo mismo: lo que cuenta es el tiempo que le dedicaste.

El ámbito del deporte por supuesto no es una excepción. Suponete que jugás al fútbol desde los 6 años, 2 horas por día, 5 días por semana, durante 50 semanas, (500 horas anuales). En 20 años habrás completado las 10.000 horas, lo que sucedería a los 26 años, una edad bastante cercana a la plenitud de un futbolista. En mi caso particular, después de un rápido cálculo te puedo decir que gracias a diversas circunstancias que lo hicieron posible, llegué a las 10.000 horas más o menos a los 20 años, lo cual explica mi notable éxito en este deporte, hasta que un energúmeno me rompió el ligamento cruzado.

La generación de la PlayStation. ¿El mal presente de la selección tendrá que ver con esto?

Las nuevas generaciones dedican mucho más tiempo que antes a los videojuegos. ¿Surgirán menos cracks del deporte en el futuro?

Si le preguntás a cualquiera de mi familia, podrá atestiguar acerca de la cantidad de zapatillas, lamparitas, y paciencias que rompí en mi casa porque me la pasaba jugando al fútbol (por suerte no existía la PlayStation). Puedo imaginar que los padres de cualquier deportista de elite te pueden decir lo mismo. A “Doña Tota” seguramente todavía le duele la cabeza de los pelotazos que pegaría El Diego; los viejos de Manu Ginóbili seguro que te contarán que Manu se la pasaba con una pelota de básquet en las manos; ni me quiero imaginar lo que sería bancarse a un hijo hiperkinético como Rafa Nadal dándole a la pelotita todo el día.

Y ya que hablé de la PlayStation, si Gladwell tiene razón podemos augurar que las próximas generaciones traerán muchos más talentos de los videogames que del deporte tal como lo conocimos cuando éramos chicos. Un escenario lamentable por donde se lo mire.

En resumen, mi amigo, el trabajo que se tomó Malcom Gladwell sirve para demostrar que para los honestos el éxito llega sólo de la mano del trabajo y la disciplina. Es una sana conclusión, en especial en estos días en los que el esfuerzo como valor está bastante devaluado.

Ahora decime vos: ¿en qué invertiste esas 10.000 horas?

Hasta la próxima y felices fiestas!!!

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PD: Yo, por mi parte, también inicié una investigación paralela. Hasta llegué a hablar con la vieja de Tiger Woods. Me contó que Tiger de chiquito era muy tranquilo, que lo único que hacía era jugar con la niñera…

Eso de andar jugando con minas…

Miércoles, Diciembre 16th, 2009

Si leíste mi nota anterior y te dejé el ánimo por el piso (ver nota), primero te pido perdón. Y ahora que estoy de mejor humor te paso el antídoto. Ya te conté lo que es jugar en otro idioma (ver nota), jugar al futivolley con brasucas (ver nota), y como dudo de que alguna vez hayas pasado por esta experiencia, hoy te voy a contar lo que es jugar al fútbol con minas.

Antes que nada vamos a aclarar los tantos. Porque vos seguro que alguna vez fuiste a alguna fiesta, ponele en una quinta, te mamaste y terminaron todos en la pileta. Después, así de la nada, apareció una número 5 y se armó un picado, minas incluidas. Si querés agregá alguno en pelotas, como condimentar un poco la cosa.

O si no en la playa. Playa amplia, tipo Claromecó, algo así. Con Aníbal Hugo y todo. Lo mismo: picado playero y se prenden las minas. Transpirás un rato, hasta que una mina se fractura el dedo gordo por pegarle de puntín y se suspende todo. Está bien, te divertiste, corriste un poco, pero con esto no me podés decir que jugaste con minas. Una idea tenés, pero con eso no te puedo aprobar. Todavía te falta.

Cuando te digo jugar con minas me refiero a jugar en serio. De once, con botines, canilleras, redes, referí, jueces de línea, firmando planilla y todo eso.

Imaginate: entrás a la cancha con tu equipo, estás precalentando, mirás a los contrarios y ves que en el otro equipo hay una mina. Al principio pensás que es una masajista, o por lo menos la novia de alguno. Pero la mina tiene botines y canilleras. Te ponés a contar, porque te parece raro y resulta que son once. Y, si, la mina juega. Por este lado del mundo esas cosas pasan.

Lo primero que te voy a pedir es que por esa mina te saques el sombrero. Por el sólo hecho de entrar a una cancha solita, rodeada de 21 animales (sin contar la terna arbitral), ya la mina demuestra que tiene unos huevos del tamaño de un Botero.

Segundo, te pido que no la subestimes. Me ha tocado jugar con algunas minas por las que entregaría a varios de mis amigos en parte de pago, en caso de que me los aceptaran. Es que acá hay minas que juegan bien, en serio. Les enseñan a ser criteriosas. No vas a ancontrar a muchas que gambeteen o que se la morfen. Juegan en equipo.

Si me preguntás a mí, te digo que prefiero tenerlas de mi lado, porque cuando jugás contra ellas es jodido. Imaginate si te una mina te hace un caño. No vas a ser tan animal de salir a partirla como lo harías con un tipo. Tampoco le vas a tirar el cuerpo para que termine cuadriculada contra el alambrado. Queda feo. Entonces, a veces vas flojito y por ahí la mina -que ella sí va con todo porque va a chocar contra un tipo-, te tira al carajo. Imaginate el papelón, lo que se te cagan de risa tus compañeros, los contrarios y hasta el referí.

Minas SoccerEn cambio, cuando la tenés en tu equipo es distinto. Por lo general ocupan puestos periféricos. La columna vertebral siempre son los tipos: arquero, los centrales, el cinco, el enganche y un 9 que la meta. Si vienen minas las ponen arriba, por las puntas, o de carrileros. De laterales no porque si las pasan te empiezan a llover los centros. Otra ventaja es que vos se la das y la pelota te vuelve; la mina no va a tratar de disputarte el liderazgo, entendés? Nunca vas a tener una discusión en el entretiempo, ponele: “Vos, boluda, seguilo al 3, porque se junta con el 11 y nos cagan a centros!!!”, para que encima te conteste: “Escuchame, pelotudo, ¿por qué no callás y en vez de criticar te ocupas de tomar al pelado de ellos, que se está haciendo un picnic por tu lado?”, como te podría contestar cualquier compañero barbudo.

No, eso con las minas no pasa. Dentro de la cancha son prolijas, sumisas, respetuosas. La verdad que da gusto jugar con minas. Pará, por favor, porque ya te veo la cara y ya sé lo que me vas a decir… Por favor, no me vengas con la pregunta boluda de si nos cambiamos en el mismo vestuario y esas cosas, porque acá no estamos para hablar boludeces sino para discutir el tema con altura, con enfoque científico, te diría.

Y en honor al rigor que exige la ciencia, debo advertirte que todo esto tiene una gran trampa. Porque te conozco y sé que sos un  tipo tan enfermo del fútbol como de las minas y podrías sentirte tentado a pensar que esto de compartir el fútbol con minas es el paraíso, porque sería como juntar tus dos pasiones. Pará. Pará acá. Hasta acá veníamos juntos pero yo me bajo acá. Todo bien, es una linda experiencia, la disfrutaste, tenés algo curioso para contarle a tus amigos, hasta por ahí sos el centro de la fiesta por quince minutos. Pero hasta acá llegamos.

No sé, seré antiguo, lo que quieras. Pero el partido terminó y cada uno a su casa. De sólo imaginarme que alguien pueda estar en la cama, con una mina al lado (ya sea novia, esposa, amiga, vecina o la raza que sea) mirando Fútbol de Primera, y encima escuchando que opinan sobre cuestiones tácticas, ahí ya empiezo a presentar síntomas de gripe aviar y porcina juntas. Imaginate discutiendo de igual a igual si el carrilero tiene que subir pegado a la línea o más adentro para no taparle la subida al 4, si hay que jugar con doble cinco o si se puede jugar con dos “9 de area” juntos.

El día que pase eso habrás perdido todo. Habrás entregado el último bastión que teníamos los hombres para que no nos rompan las bolas durante dos horas (aunque en eso los golfistas nos ganan por afano; esos se rajan todo el día). Preguntale a tu mujer si le gustaría que la acompañes cuando va al shopping y de paso le controlás cuánto gasta con la tarjeta de crédito. Andá y contame lo que te dice. Por suerte allá las minas no juegan al fútbol y vos no tenés estos problemas…

Ahora te dejo. Me hiciste acordar: me voy a controlar el resumen de la tarjeta. Decime… ¿tu mujer también gasta tanto?

Hasta la próxima.

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PD: recibí muchos mails y comentarios por la nota anterior. Confieso haberla escrito con miedo, pero me alegra saber que hay mucha gente que valora lo realmente importante. Saludos a todos.

Enfermera, negra y del Chelsea

Jueves, Diciembre 10th, 2009
Africa, anfitrión del próximo Mundial. El continente de las miradas tristes.

Africa, anfitrión del próximo Mundial. El continente de las miradas tristes.

Hoy no te voy a hablar de fútbol. Bueno, está bien, un poco. Pero igual no es el tema central. Porque no todo es fútbol en la vida. Por este lado del mundo las euforias de los playoffs se han disipado y antes de que empiece la locura del Mundial tenemos tiempo para hacer un poco de reflexión. Y para eso te traigo una anécdota de cuando vivía en Winnipeg.

Es de noche. Mi mujer empieza con contracciones. Ya estábamos sobre la fecha, así que teníamos todo preparado. El bolsito y todo eso. Mi mujer hace una llamada; habla con una enfermera telefónica de esas que te hacen diez mil preguntas y decide si tenés que salir rajando al hospital o no. Le dijo que sí.

Así que nos tomamos un taxi y en 20 minutos llegamos a Health Sciences Hospital de Winnipeg. Pasamos toda la noche en la guardia esperando que mi mujer dilatara, pero nada.

A eso de las 6 o 7 de la mañana nos pasan a una habitación común. Todo seguía igual, nada de dilatación, pocas contracciones, tampoco complicaciones… en fin, tedioso y aburrido. Por lo menos teníamos tele, que a la mañana no es gran cosa pero aunque sea el noticiero te salva.

3 de la tarde y todavía sin novedades. Mi mujer trata de dormir y yo por fin capturo el control remoto. Empiezo a subir 27…28…29… y en el 30 escucho la siempre emocionante “Zadok the priest”, de George Frideric Handel. Sí ya sé, por ahí no te dice nada, pero si te digo que es la emblemática cortina de la Champions ahora la cosa te va cerrando. El Canal era TSN, la empresa hermana de ESPN en Canadá. Estaba por empezar un partido de la Champions en vivo. Salvado –pienso–. Durante las próximas dos horas por lo menos tengo fútbol.

En el momento en que ponen la gráfica con la formación de los equipos, aparece una enfermera. La que estuvo durante la mañana ya se fue; esta recién empieza. Es una negra enorme, altísima; no me pelearía nunca con ella. Le estimo el peso: debe andar entre los 90 y 100 kilos. A mi mujer no le da ni bola. Tiene los ojos clavados en la tele.

–Oh! –dice sonriendo. –Juega el Chelsea. Es mi equipo –me dice orgullosa.
–Sí, son buenos –le digo diplomático.

La negra me pregunta si me gusta el soccer. Por supuesto. Me pregunta de dónde soy. De Argentina. Oh! Argentina, Crespo es uno de mis favoritos; el que no me gusta es el técnico, ¿cómo se llama? Mourinho –le apunto. Sí, ese…Mourinho…es muy antipático…

Así es que nos ponemos a hablar de fútbol con una negra de 1,90 que me podría matar con sus manos. El poder de unir a la gente que tiene el fútbol es impresionante. Simpática la negra, no como el resto de las enfermeras canadienses.

De ahí en más, una cosa lleva a la otra y nos ponemos a hablar de otros temas: que cúando llegaron, que por qué se vinieron, y todo eso. Entonces te ponés el cassette (qué antiguedad) y repetís lo mismo que ya contaste cien veces y volverás a contar otras mil.

Y llega el momento en que ya le contaste todo y de puro curioso y como correspondiendo a su interés, entonces le preguntás vos: hace cuánto que estás acá. 18 años. De dónde venís. De Sudán. Por qué te viniste… Silencio… más silencio… y finalmente: “No quiero hablar de eso”. En un segundo y por una pregunta pelotuda le arruiné el día a la negra simpática que tal vez hace 18 años que trata que el olvido cicatrice sus heridas.

Desde ese día tomé como regla general que a los negros africanos no les pregunto por qué se vinieron, excepto que por iniciativa de ellos me lo quieran contar. Es que los que vienen de Africa, salvo que sean del Norte (marroquíes, tunecinos, argelinos o egipcios, por ejemplo) o sudafricanos, que vienen por las de ellos y con guita, lo más probable es que lleguen como refugiados. Y si viniste como refugiado es porque estuviste en peligro de muerte, vos o alguno de tu familia; o por ahí te pasaste meses hacinado en un campo de refugiados rezando por la llegada de la ayuda humanitaria. No tenemos ni idea de lo que se vive ahí adentro. Andá a saber porqué la pobre negra se habrá tenido que ir de Sudán. Yo no quiero ni saber.

Esta es sólo una de las mil historias que conocí gracias al fútbol (aunque hoy es difícil decir gracias). O por lo menos la de alguien a quien ya no le quedan más lágrimas para contar su historia.

Estoy leyendo “Dispatches from the Edge” (reportajes desde el límite, más o menos), un libro autobiográfico de Anderson Cooper, el flaquito canoso de la CNN. Voy por el capítulo del hambre en Nigeria. Dan ganas de llorar.

Perdoname que te haya amargado el día, pero en todo el mundo estas cosas siguen pasando. Si estás leyendo esta nota es porque alguien se preocupó por que te enseñen a leer; tenés computadora o acceso a ella; tenés luz eléctrica, que te sorprendería saber cuánta gente en el mundo no tiene, y sobre todo tenés libertad. Hay gente que no tiene nada de eso y la pasa mal en serio. Por eso me despido con un consejo de amigo: no te quejes tanto por lo que no tenés; disfrutá lo poco o mucho que tengas y sobre todo merecételo.

Hasta la próxima.