
Africa, anfitrión del próximo Mundial. El continente de las miradas tristes.
Hoy no te voy a hablar de fútbol. Bueno, está bien, un poco. Pero igual no es el tema central. Porque no todo es fútbol en la vida. Por este lado del mundo las euforias de los playoffs se han disipado y antes de que empiece la locura del Mundial tenemos tiempo para hacer un poco de reflexión. Y para eso te traigo una anécdota de cuando vivía en Winnipeg.
Es de noche. Mi mujer empieza con contracciones. Ya estábamos sobre la fecha, así que teníamos todo preparado. El bolsito y todo eso. Mi mujer hace una llamada; habla con una enfermera telefónica de esas que te hacen diez mil preguntas y decide si tenés que salir rajando al hospital o no. Le dijo que sí.
Así que nos tomamos un taxi y en 20 minutos llegamos a Health Sciences Hospital de Winnipeg. Pasamos toda la noche en la guardia esperando que mi mujer dilatara, pero nada.
A eso de las 6 o 7 de la mañana nos pasan a una habitación común. Todo seguía igual, nada de dilatación, pocas contracciones, tampoco complicaciones… en fin, tedioso y aburrido. Por lo menos teníamos tele, que a la mañana no es gran cosa pero aunque sea el noticiero te salva.
3 de la tarde y todavía sin novedades. Mi mujer trata de dormir y yo por fin capturo el control remoto. Empiezo a subir 27…28…29… y en el 30 escucho la siempre emocionante “Zadok the priest”, de George Frideric Handel. Sí ya sé, por ahí no te dice nada, pero si te digo que es la emblemática cortina de la Champions ahora la cosa te va cerrando. El Canal era TSN, la empresa hermana de ESPN en Canadá. Estaba por empezar un partido de la Champions en vivo. Salvado –pienso–. Durante las próximas dos horas por lo menos tengo fútbol.
En el momento en que ponen la gráfica con la formación de los equipos, aparece una enfermera. La que estuvo durante la mañana ya se fue; esta recién empieza. Es una negra enorme, altísima; no me pelearía nunca con ella. Le estimo el peso: debe andar entre los 90 y 100 kilos. A mi mujer no le da ni bola. Tiene los ojos clavados en la tele.
–Oh! –dice sonriendo. –Juega el Chelsea. Es mi equipo –me dice orgullosa.
–Sí, son buenos –le digo diplomático.
La negra me pregunta si me gusta el soccer. Por supuesto. Me pregunta de dónde soy. De Argentina. Oh! Argentina, Crespo es uno de mis favoritos; el que no me gusta es el técnico, ¿cómo se llama? Mourinho –le apunto. Sí, ese…Mourinho…es muy antipático…
Así es que nos ponemos a hablar de fútbol con una negra de 1,90 que me podría matar con sus manos. El poder de unir a la gente que tiene el fútbol es impresionante. Simpática la negra, no como el resto de las enfermeras canadienses.
De ahí en más, una cosa lleva a la otra y nos ponemos a hablar de otros temas: que cúando llegaron, que por qué se vinieron, y todo eso. Entonces te ponés el cassette (qué antiguedad) y repetís lo mismo que ya contaste cien veces y volverás a contar otras mil.
Y llega el momento en que ya le contaste todo y de puro curioso y como correspondiendo a su interés, entonces le preguntás vos: hace cuánto que estás acá. 18 años. De dónde venís. De Sudán. Por qué te viniste… Silencio… más silencio… y finalmente: “No quiero hablar de eso”. En un segundo y por una pregunta pelotuda le arruiné el día a la negra simpática que tal vez hace 18 años que trata que el olvido cicatrice sus heridas.
Desde ese día tomé como regla general que a los negros africanos no les pregunto por qué se vinieron, excepto que por iniciativa de ellos me lo quieran contar. Es que los que vienen de Africa, salvo que sean del Norte (marroquíes, tunecinos, argelinos o egipcios, por ejemplo) o sudafricanos, que vienen por las de ellos y con guita, lo más probable es que lleguen como refugiados. Y si viniste como refugiado es porque estuviste en peligro de muerte, vos o alguno de tu familia; o por ahí te pasaste meses hacinado en un campo de refugiados rezando por la llegada de la ayuda humanitaria. No tenemos ni idea de lo que se vive ahí adentro. Andá a saber porqué la pobre negra se habrá tenido que ir de Sudán. Yo no quiero ni saber.
Esta es sólo una de las mil historias que conocí gracias al fútbol (aunque hoy es difícil decir gracias). O por lo menos la de alguien a quien ya no le quedan más lágrimas para contar su historia.
Estoy leyendo “Dispatches from the Edge” (reportajes desde el límite, más o menos), un libro autobiográfico de Anderson Cooper, el flaquito canoso de la CNN. Voy por el capítulo del hambre en Nigeria. Dan ganas de llorar.
Perdoname que te haya amargado el día, pero en todo el mundo estas cosas siguen pasando. Si estás leyendo esta nota es porque alguien se preocupó por que te enseñen a leer; tenés computadora o acceso a ella; tenés luz eléctrica, que te sorprendería saber cuánta gente en el mundo no tiene, y sobre todo tenés libertad. Hay gente que no tiene nada de eso y la pasa mal en serio. Por eso me despido con un consejo de amigo: no te quejes tanto por lo que no tenés; disfrutá lo poco o mucho que tengas y sobre todo merecételo.
Hasta la próxima.