Histórico lo realizado por Estudiantes de La Plata en la final del Mundial de Clubes ante el Barcelona. ¿Pero cómo es eso de histórico, dirá usted, si perdió 2 a 1 y no fue campeón? ¿Qué tiene de brillante el subcampeonato si al fin y al cabo fue doblegado por un equipo que no jugó bien pero que tuvo más resto físico gracias al recambio de jugadores?
Por eso, justamente. Y por mucho más. Las apuestas, a priori, estaban 7 a 1 a favor del equipo catalán. Y en definitiva, los que apostaron por los dirigidos por Josep Guardiola, se llevaron su premio. Pero si la justicia y la lógica existieran en este impredecible y maravilloso deporte, entonces el ganador debería haber sido el Pincha.
El primer tiempo de Estudiantes fue sencillamente sensacional, porque siempre trató de poner la pelota en el piso y tuvo un orden táctico impecable, cortando el circuito creativo de Barcelona en el mediocampo y anulando a Messi, Henry e Ibrahimovic. Como habrá sido de eficaz el trabajo del Pincha, que Messi comenzó el partido por la banda derecha para hacer su acostumbrada diagonal hacia el medio, pero nunca lo logró. Frustrado, se tiró al medio y allí tampoco pudo prevalecer. Todo el Barcelona, en realidad, fue un mar de dudas e imprecisiones en esa primera mitad. Y fue justo que se fueran a los vestuarios con el partido 1 a 0 a favor de Estudiantes.
Pero en el complemento, cansado y con un gol a favor, Estudiantes le cedió espacios y la pelota a Barcelona. Un gran error. Pero cuando las piernas no responden, resistir es una estrategia válida. Entonces, se dedicó a aguantar y tratar de sorprender con un contragolpe. Y estuvo a tan solo dos minutos de hacer historia. ¿No lo hizo acaso pese a la derrota? Claro que sí.
El tiempo suplementario fue otra película. Y el mayor recambio de jugadores que tiene el equipo catalán, hizo la diferencia. Aunque el resultado marca fielmente la ínfima diferencia que existe entre el equipo más poderoso del mundo y un conjunto sin nombres rutilantes, salvo Verón. Porque la diferencia, justamente, estuvo en las individualidades, no en el juego vistoso que muchos argentinos aclaman del Barcelona, quizás por ese morbo tan nuestro de criticar siempre lo propio.
Messi hizo el gol del triunfo, que a la postre le dio el título a Barcelona. Y muchos ahora volverán a hablar del mejor jugador del mundo, de su magia, de su grandeza. Sin embargo, ante Estudiantes, Messi volvió a ser una sombra como en la Selección nacional.
Y por cierto, Messi no debería haber convertido ese gol, porque tendría que haber sido expulsado por el árbitro Benito Archundia sobre el final del tiempo reglamentario, tras un planchazo. Era segunda amarilla y roja. Pero al mexicano le pesó la responsabilidad. Claro que las excusas son para los mediocres. Y Estudiantes no debe caer en eso, porque jugó con hombría y se ganó el respeto de todo el mundo futbolístico, demostrando que se le puede jugar de igual a un plantel plagado de estrellas. Los euros, en definitiva, forman planteles que terminan prevaleciendo por sus individualidades, pero que no siempre llegan a convertirse en un equipo de fútbol.
Claro que más allá del gran partido jugado ante Barcelona, la duda y la bronca quedarán instaladas durante mucho tiempo en toda la familia Pincharrata. ¿Qué hubiera pasado si el árbitro expulsaba a Messi, el rosarino no convertía el gol del triunfo y la definición llegaba a través de los penales? Quizás se hubiera escrito otra historia. Aunque nunca lo sabremos, gracias a un arbitraje más que, como en la Supercopa Europea y en la Champions League, vuelve a darle una mano al equipo más poderoso del mundo. ¿La necesita?
En el arco, Carlos Mario Goyén; en la defensa, Néstor Rolando Clausen, Hugo Eduardo Villaverde, Enzo Héctor Trossero y Carlos Alberto Enrique; en el mediocampo, Ricardo Omar Giusti, Claudio Oscar Marangoni y Ricardo Enrique Bochini; en la delantera, Jorge Luis Burruchaga, José Alberto Percudani y Alejandro Esteban Barberón. Acá están, estos son los nombres de aquel equipo dirigido por José Omar Pastoriza que un 9 de diciembre de 1984 se consagró campeón Intercontinental. Si, un día como hoy, pero hace 25 años, Independiente vencía 1 a 0 a Liverpool en el estadio Nacional de Tokio y volvía a convertirse en el mejor del mundo.
“Burruchaga la perdió en el medio, le quedó a Maranga y de primera me mete la pelota frontal, atrás de los centrales. La domino con la derecha, la adelanto otra vez de derecha y, cuando me sale el arquero, defino cruzado de zurda, mi pierna hábil. El gol que había soñado se hacía realidad”. reconoció emocionado tiempo después Percudani. No era para menos. Iban apenas 6 min de juego cuando Marangoni, desde la mitad del campo de juego, habilitó con un pelotazo largo a Percudani, para que Mandinga se escapara solo por la izquierda, ingresara al área y ante la salida del arquero Grobbelaar definiera con un toque suave. Justamente aquel gol y una actuación inolvidable, fueron las causantes por las cuales Percudani se alzó también con el premio al mejor jugador de aquella final.
Pero 1984 no fue solamente la obtención de la Copa Intercontinental en la vida de Independiente. Fue, sin dudas, el año más glorioso e inolvidable en la gran historia deportiva del club, ya que el Rojo consiguió el derecho de disputar la Copa Intercontinental gracias a la obtención de la Copa Libertadores. En aquella final Sudamericana, Independiente derrotó a Gremio de Brasil 1 a 0 en el partido de ida, que se jugó en suelo brasileño. Si, venció de visitante nada más y nada menos que al último campeón del mundo en aquel momento y uno de los mejores equipos del continente. La revancha, jugada en el estadio de la Doble Visera ante una multitud, terminó con un apretado 0 a 0. Pero poco importó que no pudiera quedarse con la victoria de local. La epopeya ya la había logrado en Brasil y así el Club Atlético Independiente se corono campeón de América por 7º vez en su historia, convirtiéndose definitivamente en el Rey de Copas.
Y entre los recuerdos, no se puede dejar de destacar que, además, aquel conjunto tuvo a varios de los jugadores que sin dudas conforman el 11 ideal de todos los tiempos del fútbol argentino: Bochini, Trossero, Clausen, Villaverde y Burruchaga están en lo top de nuestros mejores exponentes. Por eso, a 25 años de aquella Intercontinental, bienvenido sea el recuerdo de uno de los equipos más grandes de todos los tiempos. Felicidades campeón!!!
Fin de la historia de Cristian Fabbiani en River. Fin de una novela que se presentó con bombos y platillos en el verano de 2009, pero que por falta de rating desapareció sin pena ni gloria. La historia arrancó con Newell´s, la novia despechada, que no quería desprenderse del Ogro y pretendía que cumpliera su contrato. Pero en el camino aparecieron Vélez y River seduciéndolo. Y se armó el culebrón.
Fabbiani ilusionó al conjunto de Liniers y parecía que nacía un nuevo amor. Pero en una noche calurosa, un sueño pesado le dijo a su corazón que no se pusiera la camiseta de Vélez, porque no estaba enamorado de la V azulada y no sería feliz. Esa mañana se levantó con cosquillas en la panza y gritó a los cuatro vientos que su único sueño era vestir la camiseta de su gran amor: River.
Entonces, los dirigentes millonarios hicieron todo lo que estuvo a su alcance para contar con el delantero. Inclusive, maltrataron moralmente al paraguayo Santiago Salcedo, a quien quisieron incluir primero en la negociación y después le pidieron cordialmente que aceptara dar un paso al costado.
Finalmente, Fabbiani cumplió su sueño. Y el idilio con los hinchas millonarios fue inmediato. Solo tenía que jugar, hacer goles, mostrar profesionalismo y el amor sería eterno. Pero no. Fabbiani fue un ogro que no asustó ni hizo reír, que arrastró sus piernas por el campo de juego y que lentamente se fue quedando sin el apoyo de la gente. A tal punto que esos mismos hinchas que lo convirtieron en ídolo antes de jugar, lo despidieron entre insultos y silbidos tras la derrota ante Independiente por 3 a 1, en la 8° fecha, justo el día del debut de Leonardo Astrada como técnico.
Y él, en lugar de agachar la cabeza, pedir disculpas y dirigirse rápidamente a los vestuarios a pensar en cómo revertir la historia y recuperar el amor de su gente, se despachó con un gesto que enardeció aún más a los plateístas, cuando se llevó el dedo índice a la boca y los retó a que se callaran. Ahí, el Ogro terminó de romper definitivamente el idilio con la gente.
Las fechas transcurrieron, su forma física nunca mejoró, su buena técnica continuó ausente y los goles nunca aparecieron. Y las pruebas están a la vista, ya que en 16 jornadas disputadas de este torneo Apertura, Fabbiani no convirtió ningún gol.
Astrada ya comenzó a armar la versión 2010 de River. Sabe que el gran problema del equipo en los últimos años fue la falta de grandeza y actitud de sus jugadores. Sabe Astrada, mejor que nadie, que la camiseta de River no es para cualquiera. Y es obvio que pese al amor expresado, fue demasiado pesada para Cristian Fabbiani. Así, la gran novela del verano 2009 llegó a un abrupto final, sin haber cumplido siquiera un año desde su estreno. Sin dudas, un fracaso rotundo.
En el Reino del Revés y de los sucesos incomprensibles, todo es posible. Pero en la Argentina, las situaciones más inverosímiles son un hecho. Y a nadie sorprende ya las situaciones que se viven en todos los niveles gracias a un gobierno que pretende decidir hasta en qué momento del día debemos o podemos tomar agua, por poco. Gobernantes que nos digitan a los mayores hasta qué hora podemos comprar bebidas alcohólicas en un supermercado y que después pretenden ser exhibidos como los grandes combatientes contra la dictadura, algo que nunca fueron. Un gobierno que avaló los bloqueos a la distribución de diarios y revistas promovidos por los camioneros moyanistas. Un gobierno que dice ser democrático pero que con la flamante Reforma Política aplicará duras sanciones para aquellos medios que emitan mensajes electorales partidarios más allá de los asignados por el Estado durante las campañas, sin aclarar quién evaluará qué clase de información será considerada “partidista” y cuál análisis político, una encuesta encubierta. Un gobierno hermanado hasta el hartazgo con el dictatorial de Hugo Chávez en Venezuela, que envía a los Moyano o a los D’elía a pegarle a la gente en las calles si pretenden movilizarse y mostrar pacíficamente su descontento.
En fin, así está el país. Y, por ende, así está este fútbol argentino ultra politizado. Por eso, lo que pretende explicar este prólogo –tarea harto difícil- es que no debería sorprendernos la noticia que nos dejó a todos boquiabiertos en los últimos días, sobre la reunión de las Hinchadas Unidas Argentinas para determinar que barras bravas viajarán al Mundial de Sudáfrica.
Increíble pero real, a Sudáfrica irán barras de los equipos de Primera división, de la B Nacional, de la B Metropolitana, de la C y hasta de la D. En escala de importancia, por supuesto, quédese tranquilo. ¿Pero financiados por quién?
A esta altura ya no es un secreto que los barras están financiados por los dirigentes de los clubes, que a su vez los tienen como empleados, contratados en blanco, con aportes jubilatorios, cuit y A.R.T. por las dudas. Tampoco es una novedad que los clubes mantienen una estrecha relación con la Policía, que tiene identificado a cada uno de los barras pero que, sin embargo, los protegen y les proporcionan “seguridad” en los traslados a los estadios. Claro, todos ellos, a su vez, están protegidos por el Poder Judicial y finalmente por un alto funcionario del Poder Político. Y así estamos.
Ahora bien, insatisfechos con el viaje a Sudáfrica, las Hinchadas Unidas Argentinas van por más. Y hasta exigen reconocimientos. Y así lo explicó su líder, el kirchnerista Marcelo Mallo, quien amenazó que irán a la INADI para denunciar discriminación si no son reconocidos como ONG. “Este es un proyecto que llegó a mis manos para trabajar en contra de la violencia en el fútbol y poder erradicarla”, dijo Mallo. “En honor a aquellos tantos desaparecidos en los hechos violentos del fútbol (…) hagamos algo”, sentenció.
Lo que no explicó es qué tiene que ver la erradicación de la violencia y las muertes en el fútbol con el viaje de los barras al Mundial. ¿Viajar por el mundo y ver con sus propios ojos –si es que miran- los partidos de Argentina en el Mundial los hará menos agresivos y comprenderán las bondades de la vida? ¿Por qué ellos tienen más derecho a viajar a un Mundial que el hincha o el socio que pagan religiosamente las entradas o las cuotas y van a ver a su equipo a todos lados sin causar desmanes ni temor? ¿Por qué conjuntamente con los clubes no se inició un censo para determinar que hincha de verdad va a ver a su equipo a todos lados y así determinar una lista que viaje a Sudáfrica?
Esto último es un disparate, lo sé. Más allá de que el gobierno demuestra a cada instante que quiere seguir malgastando dinero inútilmente. Pero me pregunto, ¿es ésta última propuesta que hago más incomprensible que el financiamiento de un viaje para miles y miles de delincuentes que no hacen nada por nuestro fútbol y que, encima, tendrán la maravillosa posibilidad de estar presentes en un evento único en el mundo?
Les recuerdo que el hincha de verdad, ese que trabaja honestamente toda la semana y que a duras penas logra pagar la entrada o la cuota social, seguramente se morirá sin vivir la maravillosa experiencia de presenciar un Mundial. Claro que las “barras bravas unidas argentinas” -o como quieran llamarlas-, no. Ellos si, por obra divina de los señores “K”, estarán en Sudáfrica.
Que el fútbol está lleno de tramposos, no es ninguna novedad. Que está lleno de ventajeros que ensucian al fútbol, no sorprende. Pero hay algunos tramposos ho-nestos, parece, que se arrepienten de lo que hicieron y lo reconocen. Uno de ellos es Thierry Henry, un jugador extraor-dinario, uno de los íco-nos del fútbol mundial contemporáneo. Y justo él, que ha embellecido las canchas con su juego y sus goles y ha sido siempre uno de los ju-gadores que deja claramente en evidencia que el fútbol es el deporte más lindo del mundo gracias a los habilidosos por encima de los rústicos o los mediocres que quieren sacar provecho de la trampa (el bidón a Branco, por ejemplo), está en el ojo de la tormenta.
Si, Thierry Henry está hoy en boca de todo el mundo del fútbol. Pero no por un gol extraordinario o una jugada antológica. No. Henry sacó provecho de dos manos bochornosas para meter a Francia en el Mundial. Pero tuvo la dignidad de reconocerlo abiertamente, de no buscar excusas y de asegurar que lo mejor sería jugar nuevamente el encuentro ante la humilde Irlanda.
¿Y que recibió a cambio? El silencio de los tramposos. De la Federación Francesa de Fútbol y de la FIFA, que desestimó el reclamo de la Federación Irlandesa de Fútbol (FAI) y anunció que bajo ningún punto de vista se jugará de nuevo el partido.
“El viernes, cuando todo empezó a ir demasiado lejos –aseguró Henry a L’Equipe-, estaba muy enojado y me hice la pregunta de si debía continuar. Lo que acaba de pasar es muy grave. Puedes perdonar, pero no siempre puedes olvidar”, sentenció en clara alusión a la FFF que lo dejó completamente sólo.
¿Y qué se puede esperar en días en los que el fútbol europeo atraviesa nuevamente un escándalo tras otro por el arreglo de partidos? ¿Y qué se puede esperar cuando leemos que, solamente en Europa, se investiga el arreglo de cientos de partidos de la mano de la mafia de las apuestas ilegales? Lo mismo de siempre, un par de arrestos y algunas sanciones para acallar las críticas y esconder muy profundo un negocio que las mismas federaciones (¿en sociedad con la FIFA?, si es necesaria la pregunta) llevan adelante en secreto y con mucha habilidad.
Los mundiales, se sabe, se juegan cada cuatros años. Y es en ese mes cuando el fútbol mueve más dinero y genera las más grandes ganancias. Por ello, la FIFA quiere a los seleccionados más poderosos y representativos en la máxima cita del fútbol mundial. Por ello, es necesario que en Sudáfrica 2010 esté Francia, el actual subcampeón del mundo, y no la humilde República de Irlanda, que sorprendió a muchos en Europa llegando hasta las instancias finales de la eliminatoria cuando nadie daba dos pesos por ellos.
De otro modo, no se entiende como el árbitro y el asistente no vieron –o no quisieron ver- una clarísima doble posición adelantada antes de la doble mano de Henry. En realidad, no es tan difícil la ecuación, teniendo en cuenta que el fútbol vive envuelto en las sospechas de negocios turbios, de intereses creados y de enriquecimientos ilícitos. Por eso no sorprende que la FIFA mire para otro lado. No vaya a ser cosa que un acto de grandeza manche la negrura absoluta con la que se manejan impunemente. Y que encima altere las ganancias que generó en el mercado de apuestas la clasificación de Francia al mundial. Si, en definitiva, nunca pasa nada y la escandalosa doble mano de Henry en unos días más se perderá en el olvido.
Lamentablemente, los oscuros personajes que manejan los destinos de nuestro querido fútbol, siguen ganando. Mientras que los tramposos de las gambetas, los tacos, las rabonas, los goles exquisitos y la honestidad brutal de reconocer que se sacó ventaja de la trampa -como es el caso de Henry-, en lugar de reconocimiento y aplausos reciben silencio, indiferencia y se quedan completamente solos. Así está el fútbol. Y así va a seguir, sin dudas…
Si. “Vamo’ arriba La Celeste/la de ayer y la de hoy”, escribió un día Jaime Ross. Y su canción se metió en las venas de los uruguayos, convirtiéndose en el himno por excelencia de la Selección charrúa. Y ahí anda Uruguay por estas horas, festejando la clasificación a la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010, disfrutando su 11° clasificación a la máxima cita del futbol mundial y recordando con nostalgia aquellos títulos logrados en 1930 y 1950.
Tanta historia se merecía conseguir un pasaje a Sudáfrica. Y de la mano de un Maestro del Fútbol y un señor con todas las letras como Oscar Washington Tabárez, Uruguay cumplió su sueño. Nada más y nada menos que en el mítico estadio Centenario y ante 60 mil almas que cantaron, lloraron, sufrieron y se emocionaron. “No podría haber sido de otra manera, los uruguayos tenemos que sufrir mucho antes de festejar”, repite a los gritos un vecino de ochenta y tantos años que hace ya tres décadas que vive en la Argentina.
Y es verdad, porque tuvo servida en bandeja la clasificación recibiendo a la Argentina en el mismísimo Centenario. Pero los nervios y la responsabilidad lo traicionaron y terminó perdiendo ante un equipo argentino que no asusta a nadie, que fue a defenderse y terminó quedándose con la victoria.
Claro que como Ecuador no tuvo respuestas para ganarle al Chile de Marcelo Bielsa en la última fecha de las Eliminatorias Sudamericanas, Uruguay encontró el consuelo del repechaje ante Costa Rica. Y en San José, en el partido de ida, dio la sorpresa con un gol de Diego Lugano. Tenía la fiesta preparada, solo faltaba ganar con contundencia de local y desatar el delirio de todos los uruguayos en las calles de Montevideo, Canelones, Maldonado, Colonia, Durazno, Tacuarembó y en cada uno de sus departamentos. Pero no. Tuvo que sufrir una vez más, como sigue explicando a los gritos mi vecino.
Será que la victoria (clasificación al Mundial, en este caso) se festeja el doble cuando está cargada de dramatismo. Quizás. Tabárez hizo ingresar a Sebastián Abreu cuando el partido estaba 0 a 0 y Uruguay no podía romper el cerrojo defensivo de Costa Rica. Y el ex jugador de San Lorenzo y River metió a los 24 minutos del segundo tiempo el frentazo que puso el 1 a 0 y desató la locura de todos. Si hasta el propio Tabárez dejó de lado por un instante su imagen de hombre intachable y festejo con sus puños cerrados elevados al cielo al grito de “Vamos carajo. Vamos Uruguay, nomás”.
Pero La Celeste tenía que sufrir. Y vaya si lo hizo. Apenas 4 minutos después del gol de Uruguay, Walter Centeno puso el 1 a 1 y enmudeció a todo un país. Otra vez los fantasmas, otra vez el miedo de quedarse afuera de una Copa del Mundo como en el ’58, ’78, ’82, ’94, ’98 y 2006.
Pero no. Esta vez no. Esta vez, La historia dijo presente en el Centenario e hizo justicia. Esta vez, los recuerdos de aquella final ante Argentina en 1930, cuando Dorado, Cea, Iriarte y Castro le dieron la victoria por 4 a 2, pesaron con más fuerza. Esta vez, los goles de Schiaffino y Ghiggia que le dieron el triunfo 2 a 1 frente a Brasil en la final de 1950 y que inmortalizaron aquel inolvidable “Maracanazo”, brillaron esplendorosos en la noche de Montevideo.
Una Copa del Mundo se merece a los más grandes seleccionados del planeta. Y Uruguay, un bicampeón mundial con tanta historia, tenía la obligación de clasificar a Sudáfrica. Y lo logró.
Mi vecino sigue gritando que los uruguayos nacieron para sufrir. Y ahora le pregunta al cielo hasta cuándo resistirá tanta angustia su corazón. Hace 30 años que escucho lo mismo. Y no creo que se vaya a morir ahora, cuando solo faltan 7 meses para que vuelva a ver a su amada Celeste jugar un Mundial.
El estadio Vicente Calderón fue el escenario del amistoso entre España, una de las mejores selecciones del mundo, y la Argentina, el cuarto clasificado de Sudamérica al Mundial de Sudáfrica que sigue sin encontrar el rumbo.
Desde el inicio, la clave fue la actitud, esa enorme deuda pendiente del seleccionado nacional. Era el momento de presionar, de mostrar entrega y sacrificio. Pero no. Rápidamente España se adueño de los espacios y del control de la pelota. Busquets, Xavi Hernández, Xabi Alonso y Andrés Iniesta fueron demasiado en el mediocampo para Maxi Rodríguez, Javier Mascherano, Fernando Gago y Angel Di María. Presión, velocidad en la salida y precisión en los pases para buscar en profundidad a los delanteros David Silva y David Villa, fueron las claves del equipo de Vicente Del Bosque.
Es cierto que por nombres la Argentina nada tiene que envidiarle a España. Pero si tiene que admirar –y entender- que La Furia es un equipo, algo todavía desconocido en este seleccionado de Diego Armando Maradona. Quizás por ello, España se convirtió en la primera selección en la historia en lograr la clasificación a una Copa del Mundo con 10 victorias consecutivas, con 28 goles a favor y solo 5 en contra. Mientras que la Argentina entró por la ventana, ocupando el cuarto lugar detrás de Brasil, Paraguay y Chile.
La Selección nacional volvió a mostrar la misma impavidez y el mismo desorden táctico. Sobre todo en la defensa. Sigue preocupando la falta de coordinación en la marca, en los cierres y en los relevos. Pero más preocupa la falta de identidad, porque Maradona continúa probando variantes que generan más dudas que certidumbre. Gabriel Heinze y Martín Demichelis, la dupla de centrales, son una invitación constante para los rivales. Y Fabricio Coloccini como lateral por derecha y Cristian Ansaldi marcando por izquierda, son una muestra del desconocimiento. Falta un Daniel Passarella, un Oscar Ruggeri, un Juan Simón, un Roberto Ayala. Falta un caudillo en el fondo, un jugador con personalidad para ordenar. Claro que en este aspecto, no todo es responsabilidad de Maradona. ¿Hay un jugador de esas características, que entienda la responsabilidad y el privilegio que significan vestir la camiseta argentina?
Por eso no sorprendió que después de una gran jugada colectiva, cuando apenas se jugaban 15 minutos, Xabi Alonso pusiera el 1 a 0. Villa habilitó a Silva y el delantero de Valencia sacó el remate que desvió Sergio Romero. Pero Alonso, muy atento, le ganó a Ansaldi y le dio la ventaja a España. Rapidez y concentración ante una defensa argentina plagada de dudas.
Todo fue de España en esos primeros 45 minutos. Y si no se fue a los vestuarios ganando 2 a 0, fue porque el árbitro irlandés no cobro un claro penal de Coloccini que desvió con su brazo un remate de Villa que llevaba destino de gol. Era penal y roja para el defensor.
Un partido de preparación es, justamente, el momento indicado para que los entrenadores prueben variantes sin miedo al fracaso, porque no hay nada importante en juego. Pero lejos de jugársela, en el complemento Maradona hizo ingresar a Carlos Tevez por Gonzalo Higuaín, quien había sido el hombre más peligroso de Argentina. Si el cambio era delantero por delantero, era el momento de sacar a Lionel Messi, otra vez ausente sin aviso. O sacar a Maxi Rodríguez o Angel Di María, adelantar a Coloccini o Ansaldi y jugar con tres en el fondo. Pero no. Encima el árbitro otra vez volvió a ayudar a la Argentina, cuando a los 14 no cobró un claro penal de Gago sobre Iniesta.
Así y todo, y gracias a que España sintió el cansancio de la primera mitad, la Selección se las ingenió para ganar el mediocampo y empezar a merodear el área de España. Y en la mejor jugada del seleccionado, Maxi se escapó por la derecha y fue derribado en el área por Raúl Albiol. Penal que Messi convirtió en gol.
Pero España es un equipo con todas las letras. Sus jugadores tienen hambre de gloria. Y cuando un argumento ya no funciona, tiene variantes para que la obra otra vez vuelva a ser un éxito y la gente se pare para aplaudir. Álvaro Negredo ingresó por David Silva y Jesús Navas por David Villa. Y ahí sí, todo volvió a ser de España ante la inexpresividad del equipo argentino.
Uno, dos, cinco, diez y hasta quince toques utilizaba España para llegar al arco nacional. El “ole, ole, ole…” bajaba de las tribunas del Calderón. Y el gol, por decantación, llegó. Demichelis, en un partido para el olvido, estiró alevosamente su brazo cometiendo penal. Y Xabi Alonso, una de las figuras de La Furia, marcó el 2 a 1. Justicia. Por el juego mostrado por España y por los desastrosos fallos del árbitro que le impidieron sellar la victoria mucho antes.
La argentina dio otro paso en falso. Uno más. Fue bueno lo mostrado en esos primeros 20 minutos del segundo tiempo, cuando España levantó el pie del acelerador. Pero otra vez faltó audacia. Otra vez faltaron a la cita hombres como Messi –fundamentalmente-, Mascherano, Heinze o Demichelis. Otra vez las falencias defensivas fueron alarmantes. Otra vez nos quedamos con las ganas de ver a Pablo Aimar. Y una vez, Maradona prefirió mirar para otro lado en lugar de reconocer que se jugó mal. “El resultado más justo hubiera sido el empate”, dijo Diego. Y elogió a Messi: “Me pone contentísimo que agarre la pelota y se haga dueño del equipo. Va entendiendo que el equipo lo necesita”.
Indudablemente, la visión de Maradona y la realidad van por caminos diferentes. Y eso, a 7 meses del Mundial de Sudáfrica, no le sirve a la Selección argentina. Maradona debe usar su experiencia y su mágica presencia para despertar a estas estrellas que con la camiseta argentina, apenas si brillan como una tenue lucecita. Ojalá lo logre…
No se le ocurra, Don Angel. Que ni se le cruce por la cabeza bajar los brazos ahora. No vuelva a pensar en renunciar y dejar su cargo de técnico-maestro que tiene en Huracán y que tan bien le ha hecho al fútbol argentino este último año. No nos prive del único equipo que no traiciona sus convicciones –aún sin delanteros, sin jugadores de renombre y muchísimos juveniles- y siempre intenta jugar al fútbol en su expresión más pura: el toque y la circulación del balón en lugar del centro como único recurso, la pelota al pie, la triangulación y la pared para llegar al gol por encima del pelotazo largo para que un delantero sorprenda apareciendo a espaldas de los defensores. No nos prive de ninguna de esas variantes, en realidad, porque cuando el objetivo es el gol en el arco de enfrente, cuando la idea es jugar con la belleza con la que fue inventado este deporte, cuando la sangre que corre por las venas de un equipo busca la grandeza y no obtener un resultado desde la mediocridad de la especulación o apostando solamente al contragolpe, por ejemplo, entonces si son válidas todas esas variantes.
No deje sin poesía al fútbol argentino, Don Angel. Por favor. Estamos cansados de equipos sin alma, de esquemas ultra defensivos, de conjuntos que convierten un gol y enseguida renuncian al ataque y se meten todos atrás apostando únicamente al contraataque.
Los jugadores de Huracán le imploraron que se quede y le demostraron con sus palabras que todavía hay materia prima para sacar adelante al fútbol argentino de esta mediocridad en la que vive desde hace varios años.
Pelee por sus ideas, sino le dará la razón a los que consideran al fútbol un deporte sin belleza ni improvisación, donde la táctica y la estrategia dibujada en un pizarrón y practicada hasta el cansancio en los entrenamientos en forma de repetición como un ejercicio mecánico, son más importantes que la libre expresión de los habilidosos y sus gambetas, o que el toque y el traslado de la pelota producto del entendimiento y la conexión entre los jugadores.
Sucede que muchos entienden el fútbol como aquellos estudiantes que se aprenden de memoria una lección y el día del examen
repiten todo como loros. Una, dos y hasta tres veces salen victoriosos, pero llega un día en que el profesor –o la vida misma- le presenta una dificultad y no saben cómo resolverla. Eso le sucede a los mediocres. En cambio, aquellos que se permiten volar y analizan, interpretan, razonan, se preguntan, se responden y se cuestionan terminan teniendo una y mil soluciones frente a los obstáculos. Eso les sucede a los inteligentes, a los hombres distintos que arriesgan y se la juegan sin miedo al fracaso.
Y así en la vida como en el fútbol, los equipos que se forman desde el conocimiento de sus habilidades y no de la mecanización, terminan ofreciendo una imagen que los distingue por sobre el resto. Aunque pierdan, aunque se estrellen contra el fracaso, esos equipos que priorizan el buen juego y la belleza de sus movimientos terminan dejando su sello.
Eso sucede con Huracán, pese a que en este Apertura ocupa el 18° puesto en la tabla de posiciones y solo ganó dos partidos en 13 fechas. Eso sucede con Huracán, el campeón del último torneo Clausura. Si, porque aunque en los libros figure que Vélez fue el campeón, la gente lo que recordará por siempre será el “tiki-tiki” del Huracán de Cappa y los nombres de Javier Pastore y Mario Bolatti, entre otros.
Y los padres les contarán a sus hijos, y sus hijos a sus hijos, que hubo un equipo que arrancaba aplausos, que jugaba con una belleza impensada y que en la final del campeonato –frente a otro gran equipo- fue estafado por un árbitro llamado Gabriel Brazenas, que le anuló un gol legítimo por supuesta posición adelantada y que convalidó un gol de Vélez pese a una clarísima infracción sobre su arquero. Mire si habrá sido grande la vergüenza del Colegio de Árbitros, que Brazenas no volvió a dirigir todavía.
Por todo eso, Don Angel, y por los que amamos el fútbol en su más pura expresión, no se vaya. Los juveniles de Huracán necesitan formarse con su filosofía y sus conocimientos. Y el fútbol argentino se merece un técnico de su talla, un hombre con su grandeza…
Los equipos se construyen con hombres, no con nombres. Los equipos ganadores son aquellos que sacan a relucir en los momentos decisivos todo el orgullo, la vergüenza y el hambre de gloria. Los equipos que escriben la historia futbolística de una institución o de un país son aquellos que además de ganar (salgan campeones o no) tienen una identidad y la respetan. Y si a toda esa ecuación, se le suman las condiciones en las que se formaron, el contexto económico en el que fueron concebidos, los jugadores, el cuerpo técnico y los dirigentes que le dieron vida, entonces según ese análisis, dejarán su huella para siempre. O no.
Por ahora, la huella que está dejando este Banfield de Julio César Falcioni amenaza con quedar en la historia. No por su juego vistoso, tampoco por goleadas inolvidables. Pero si por el coraje con el que juega. Es que Banfield perdió el miedo al ridículo, a la derrota o al fracaso. Y sigue sorprendiendo a propios y extraños dejando en el camino a rivales de peso. Le ganó claramente a River por 2 a 0. Se quedó con el clásico ante Lanús por 2 a 1, de visitante. A Newell´s, el otro líder del torneo, lo venció 2 a 1. A Estudiantes de La Plata, el actual campeón de la Copa Libertadores de América, lo sorprendió en la fecha anterior y la victoria también fue 2 a 1. Y en esta 13° jornada del torneo Apertura, el que se rindió a los pies del Taladro fue nada menos que San Lorenzo, en su propio estadio.
Fue 1 a 0 producto de un gran contragolpe. Walter Erviti puso un pase magistral para Sebastián Fernández que se escapó por la derecha y sacó un tremendo derechazo que dejó sin respuestas a Pablo Migliore. Así ganó Banfield. No le sobró nada, es cierto. Y de hecho, sufrió hasta el final del partido la arremetida del equipo de Diego Simeone, que con más ganas que ideas encerró a Banfield en su propio arco. Pero lo que cuesta vale, por eso el delirio de esos miles de fanáticos que coparon la tribuna visitante, por eso el abrazo final de los jugadores, por eso la emoción de uno de los líderes del campeonato junto a Newell´s.
Si, Banfield es uno de los punteros del Apertura cuando solo restan 6 fechas. Si, Banfield es el único invicto que tiene el torneo con 8 victorias y 5 empates. Si, Banfield tiene la valla menos vencida con tan solo 6 goles recibidos. Y desde ahí nace la explicación de por qué el Taladro atraviesa este gran momento. Cristian Lucchetti ataja esas pelotas imposibles, como el tremendo remate de Juan Menseguez que llevaba destino de empate. Julio Barraza, Sebastián Méndez, Víctor López y Marcelo Bustamante parece que jugaran juntos desde hace años en la última línea. En el medio, Marcelo Quinteros y Maximiliano Bustos corren, marcan, presionan y asfixian a los rivales, mientras James Rodríguez se muestra constantemente como salida y es letal con sus remates de media distancia. El director de la orquesta es Walter Erviti, un volante veloz e impredecible técnicamente, que se luce y hace lucir a Santiago Silva – el goleador del torneo con 11 tantos- y a Sebastián Fernández, los delanteros made in Uruguay que tiene Banfield.
Sus nombres no son rutilantes. Ni sus pases cuestan millones de dólares. Pero juegan en equipo y se sacrifican por una causa: escribir sus nombres en las páginas doradas de la historia del fútbol argentino. Y lo están haciendo.
Por eso todo el pueblo banfileño tiene derecho a ilusionarse con romper el maleficio y lograr el primer título de su historia en Primera división después de 78 años de profesionalismo. Quedan 6 finales. Ahora se vendrá Vélez. Y después Independiente. Y más tarde Racing. Y hasta Boca lo esperará en la Bombonera. Pero este Banfield tiene una virtud, respeta a sus rivales pero ya no les tiene miedo. Y esa es una carta ganadora con la que pocos equipos cuentan.
Un sólo invicto tiene el torneo Apertura. Y es Banfield. El líder del campeonato junto a Newell´s continúa con su marcha triunfal, le ganó a Estudiantes de La Plata 2 a 1 y se convirtió, definitivamente, en uno de los candidatos al título.
Bienvenida la audacia de Banfield. Bienvenidas las ganas, el sacrificio y el hambre de gloria del equipo de Julio César Falcioni. Bienvenida la humildad de un plantel que conoce sus limitaciones, que es consciente que está compuesto por hombres que no valen millones de dólares pero que juegan como si fuera así. Bienvenida la desfachatez de Walter Erviti y la potencia goleadora de Santiago Silva. Bienvenida la entrega. Y bienvenido el coraje para sacar chapa de candidato en el partido en el que tenía que hacerlo, nada más y nada menos que ante el campeón de América.
No fue sencillo en ningún momento para Banfield construir esta victoria importantísima ante el equipo de Alejandro Sabella. Ni en el comienzo del partido, cuando se puso en ventaja a los 10 minutos gracias a un zurdazo cruzado de Silva que se metió junto al palo izquierdo. Ni después de la expulsión de Enzo Pérez tan solo 3 minutos después. De hecho, Estudiantes mostró toda su jerarquía cuando se quedó en inferioridad numérica y en el segundo tiempo hizo todos los méritos para quedarse con la victoria.
Pero fue sobre el cierre de los primeros 45 minutos cuando el Pincha dijo acá estoy y con un derechazo tremendo de Juan Sebastián Verón desde 35 metros, estableció el empate.
Banfield acusó el golpe, pero nunca renunció a su orden táctico ni a su propuesta futbolística. Esos, sin dudas, fue sus mayores méritos. Y cuando Estudiantes más inquietaba el arco defendido por Cristian Lucchetti, Erviti se escapó por la derecha, dejó en ridículo a Germán Ré con un gran enganche adentro del área y definió alto para poner el 2 a 1. La lluvia caía intensamente sobre el estadio Florencio Sola, o al menos eso parecía. Pero no, eran las lágrimas de todo el pueblo banfileño que está viviendo uno de los mejores momentos de su historia. Desde el silencio y la humildad, Falcioni está construyendo un gran equipo que respeta una idea futbolística y deja todo en la cancha por conseguirlo. Un equipo compuesto por hombres que tienen un sueño y dejan todo por hacerlo realidad. Una antonimia de lo que ocurre con la Selección argentina, por ejemplo, donde jugadores que cuestan millones y millones de dólares no mostraron actitud ni en los momentos más difíciles de las eliminatorias y se clasificaron al Mundial de Sudáfrica entrando por la ventana.
En fin… Banfield le ganó a un rival directo en la lucha por el título, se afianzó como líder, mantiene la valla menos vencida del campeonato y es el único invicto después de 12 fechas superando el inicio de los torneos Metropolitano de 1970 y Apertura 2005, donde fue invencible en las primeras 9 fechas.
El Taladro tiene ese no sé qué. ¿Será la suerte de campeón? ¿Será la humildad, el sacrificio y el hambre de gloria que tienen que tener los campeones? Faltan 7 escalones todavía para llegar a la gloria. Y no será nada sencillo, porque en el camino aparecerán San Lorenzo, Vélez, Independiente, Racing, Huracán, Tigre y Boca. Pero como en aquella gran película llamada “La sociedad de los poetas muertos”, el famoso “Carpe Diem” (vive o aprovecha el momento) a Banfield le sienta de maravilla. Y así lo sienten sus hinchas que lloran de emoción. Y está bien. Tienen derecho a ilusionarse y fundamentos de sobra para sustentar el sueño de ver a Banfield campeón.