
Arte: Nicolás González Varela
“¡Que la chupen, que la chupen y la sigan chupando!”, no se cansaba de bramar dando esperpénticos saltos, abrazado a otro freak llamado Carlos Salvador Bilardo entre lágrimas y jugadores. Desafiante como si acabara de descubrir los secretos de la piedra filosofal, desagraviado como si efectivamente hubiera ganado el próximo Mundial de Sudáfrica. La obsesión por la oralidad genital volvió a surgir en la misma conferencia de prensa luego del partido. Absortos, los cronistas, aún no habían visto lo peor. Un periodista argentino hizo una pregunta y Maradona le aclaró como un verdadero Kinsey: “vos también la tenés adentro.” La Argentina populista-deportiva pasó en un instante mágicamente del “Creer y Saber” de Hegel, al pedestre y cabaretero “Chupar o Creer” del Dios-Diego. Un espectáculo posthegeliano indigno del Olimpo, ni siquiera los caprichosos dioses griegos se permitirían rebajarse a un nivel tan soez y desconcertante. Si eran dioses, había que comportarse como dioses. Los antiguos griegos ya habían reconocido el impulso inaudito y bizarro por decir malas palabras e insultos, le llamaron con sabiduría κόπροςλαλία, literalmente “balbucear heces”. Cuando con la Modernidad llegó el control social de mano de la psiquiatría y el psicoanálisis se etiquetó al trastorno como “Síndrome de Tourette”.
El hybris de Maradona, ese impulso incontrolable, lejos de ser una rémora de una infancia pobre y desclasada es un atributo bien porteño. Ya reconocía Borges la obsesión de los habitantes de Buenos Aires por la Coprolalia: “El hombre de Corrientes y Esmeralda adivina la misma profesión en las madres de todos, o quieren que se muden en seguida a una localidad muy general que tiene varios nombres…” Muchos editorialistas vieron en este mandato humillante a la felación una metáfora que representa la lógica política autoritaria del matrimonio presidencial de los Kirchner. El populismo autoritario lo invadiría todo, penetrando y degenerando todo aquello que toca. Maradona, elegido por el sabio dedo electoralista del Poder Ejecutivo, sería una pieza más en el mecanismo de la hegemonía clientelística del Peronismo y pertenecería a los arcana imperii del estado.
La patética Intelligentzsia que sigue al gobierno de los Kirchner, en cambio, visualizó un enfrentamiento centenario, soterrado y semiológico entre el candoroso suelo popular peronista del Volk y la “indignación burguesa” (Dolina dixit) que se esconde en cada pequeño burgués que critica a íconos populares (galería sacra que incluye al maridaje real). En el gran bazar kirchnerista de hoy Maradona es tan intocable como San Martín, Rosas, Güemes, Evita, Gatica o el gordo Jauretche. Así comos seguimos pagando en la ideología política el 17 de octubre de 1945, también continuamos hipotecados a los goles contra Inglaterra de 1986. En la aburrida Europa simplemente dedujeron que la convocatoria de Maradona a un Gang-Bang de mamadas épicas era síntoma de una personalidad borderline, de un cerebro demasiado enquistado en excesos, a un desequilibrio entre apetito y deseo. De la misma manera, los europeos no comprenden cómo la AFA designó director técnico de la selección mayor a semejante Hooligan Senior. Y sabemos por qué: en Europa no entienden al correoso populismo latinoamericano, es un obstáculo epistemológico que los supera.
Platón reconocía en La República que a cada régimen social y político le correspondía en el mundo de la Vida un determinado hombre típico. Así, al estado democrático por semejanza le correspondía un hombre democrático, que era su sustento y razón, al tiránico lo mismo y así sucesivamente en la escala de formas estatales. Como decía Virgilio ab uno disce omnes, por uno se conoce a todos los demás. ¿Será Diego el hombre del populismo, la figura promedio que refleja el tortuoso recorrido del peronismo en Argentina? ¿Diego es el ad nauseam peronista, el homo kirchnerensis? ¿Se puede leer en el juego táctico y estratégico de Maradona una translación al fútbol de la lógica peronista? Los paralelismos son inquietantes y notorios entre el peronismo (régimen) y Maradona (paradigma): ambos son pragmáticos, cesaristas, manipuladores, paternalistas, patoteros, cianta-puffis… hasta se podría dibujar un biorritmo entre la filogénesis del Peronismo y la ontogénesis individual de Diego Maradona. Las semejanzas son impresionantes. Pero vayamos más allá del análisis del juego mediocre e irregular de la Selección mayor de fútbol. Intentemos trascender la mera condena moral, estética, de costumbres o de protocolo y ceremonial estilo conde Chikoff. Si Maradona es el fenotipo del populismo argentino, con sus vicisitudes y ciclos esperpénticos, existe además otra dimensión más ontológica para comprenderlo y comprendernos.
Una vez Emir Kusturica, el director de cine y de orquesta serbio nacido en Sarajevo, dijo sabiamente que compartía con Maradona “la visión dionisíaca del Mundo”. En la mitología clásica, Dioniso es nada más ni nada menos que el Dios del vino, inspirador de la locura ritual y del éxtasis. Conocido también como Baco, al frenesí inevitable que inducía se lo llamaba bakcheia. Se dice que en los misterios tracios, Dioniso lleva el bassaris o piel de zorro, simbolizando la nueva vida. A Dioniso se le opone, como antítesis, Apolo, lo apolíneo, como bien lo explicó el filósofo Nietzsche en su libro El Nacimiento de la Tragedia: lo dionisíaco es una pulsión de la Naturaleza, cuyo modelo psicológico es la desmesura sexual, lo orgiástico. Para Nietzsche Dioniso representaba el estallido de la individualidad, la ruptura de toda frontera o límite, la misma abolición de la personalidad en cuanto sede de responsabilidad y dignidad. La pulsión dionisíaca pretende reconstituir una perdida unidad originaria anterior a la diferenciación de los sujetos, casi como el mismo populismo autóctono. Además es el intento de superación de todo dualismo y de todas las separaciones, al entender el devenir como metamorfosis y cambios irracionales. A través de esta pulsión el mismo hombre deviene obra de arte, ritmo desenfrenado, expresión de la esencia de la Naturaleza cruda y nuda. Es propio de lo dionisiaco el creer en lenguajes simbólicos más que en imágenes idealizadas o racionales. ¿Maradona no danza con frenesí ritual à la manière de un Baco? ¿No es un animus iniuriandi en su manejo experto del arte de injuriar? ¿No es de un Esprit dionisíaco radical su filosofía de juego?… Hoy por hoy como deidad es el más perfecto paradigma del hombre populista, un auténtico Dioniso peronista. No sabemos cómo terminará esta aventura deportiva-existencial de Maradona, pero parafraseando al escritor italiano Alessandro Manzoni podríamos decir Fu vera gloria? Ai posteri l’ardua sentenza, ¿Fue verdadera la Gloria? A los que vengan detrás corresponde la ardua sentencia…

“–Senza cinema, senza scrivere, che cosa le sarebbe piaciuto diventare?
–Un bravo calciatore.
Dopo la letteratura e l’eros, per me il football è uno dei grandi piaceri.”
Enzo Biagi intervista Pier Paolo Pasolini,
”La Stampa”, enero de 1973

Foto coloreada por el autor del artículo.
El modelo de intelectual comprometido Albert Camus afirmaba que “después de muchos años durante los cuales el mundo me ha permitido vivir experiencias variadas, lo que sé acerca de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. “El fútbol es una metáfora de la vida” sentenciaba su compañero de ruta el filósofo existencialista Jean Paul Sartre. “La vida es una metáfora del fútbol”, le corregía el filósofo italiano Sergio Givone. Parece que la relación arte-fútbol es en Italia menos problemática que en la Francia jacobina. Italia tiene una noble herencia en la relación entre poesía, literatura y fútbol como decía Adriano Sofri. Para un italiano el calcio no es un juego más, ni siquiera es el deporte-rey. Esos calificativos no los conforman. Para ellos es un paradigma platónico, un verdadero ideón, que se degrada al contacto con la experiencia, y en el cual la vida misma no es más que copia y pálido reflejo. Se puede ser un intelectual comprometido de izquierdas y abrazar con pasión y fanatismo al calcio, una síntesis prohibida o degenerada en la mayoría de las culturas modernas. Quizá una tradición que se remonta a que el antepasado del fútbol moderno nació como Calcio “storico” florentino en el Carnaval de Firenze del Quattrocento; quizá a la ambigua herencia populista de Antonio Gramsci, el gran teórico marxista, que permite eliminar sin culpa la distinción clasista entre eventos de masas, cultura popular y gran teoría. Gramsci había afirmado, a pesar de reconocer que la esencia del calcio estaba permanentemente pervertida por la lógica del capitalismo, que “El fútbol es un reino de la libertad humana ejercido al aire libre.” El ensayista y poeta, premio Nobel de Literatura de 1975, Eugenio Montale soñó una utopía feliz, un campeonato mundial sin redes en los arcos, donde el resultado ya no fuera una falsa necesidad estadística: Sogno che un giorno nessuno farà più gol in tutto il mondo, Sueño que un día nadie hará más goles en todo el Mundo… El nietzscheano Umberto Saba, gran poeta del neohermetismo de la posguerra, apasionado por la experimentación con las formas y las palabras, escribió muchos poemas sobre fútbol, entre ellos su 5 poesie sul gioco del calcio. Su poema más futbolero, titulado Goal (Gol) describe las emociones discordantes y extremas de dos porteros en el momento decisivo del gol y que sintetiza el momento mágico en el juego, en el que se puede ver cómo se consume, bajo el mismo cielo, tanto el amor extremo como el odio acérrimo: Pochi momenti come questo belli/ a quanti l’odio consuma e l’amore/ è dato, sotto il cielo/ di vedere, Pocos momentos como éste tan bello, en el cual el odio consuma el amor, nos es dado, bajo el cielo, de poder ver…
Para el enorme e inabarcable Pier Paolo Pasolini, poeta urbano, ensayista, guionista, actor secundario y director de cine, la cuestión estaba clara. Y no era inconveniente su pertenencia a un marxismo herético, inconformista, por el contrario. Tan clara como para que declarara, en una entrevista a un periodista, que en una hipotética inmortalidad del alma quisiera re-encarnarse en un pedestre valiente futbolista, en un plebeyo bravo calciatore. Pasolini como el filósofo alemán Heidegger era un jugador experimentado, cumplía la condición de haber practicado fútbol de pequeño en la periferia de Roma. En su libro Ragazzi di vita (1955) están reflejadas sus propias memorias futboleras, pateando el balón sobre un terreno negro de carbón fósil… No desapareció esta pasión ilimitada en su pubertad. En su vida universitaria fue nombrado capitán del equipo de fútbol de la Facultad de Filosofía y Letras de Bologna. Como Heidegger también era un Wing habilidoso con la zurda, algunos que vieron su juego lo calificaron sin dudar de una fantasiosa ala destra. Ahí están las vívidas fotos tomadas por Ivo Barnabò, una ilustra este artículo, fechadas en la década de los ’50. Pasolini, ya con más de treinta y pico de años, aparece con furiosa actitud, reconcentrado, intentando fintas imposibles, dribbleando con su izquierda, dirigiendo la squadra. En algún aspecto Pasolini superó al mismo Heidegger, no sólo en honestidad intelectual sino en rigor analítico. Tifoso del Bologna FC, apasionado rossoblù de niño, Pasolini no se conformó con la mera práctica y quiso escribir una verdadera ontología existencial del fútbol. Intentó un verdadero trabajo de Sísifo: teorizar sobre el fútbol, intentó pensar esa enorme banalidad lúdica, reflexionar sobre ese imposible sueño de un juego eterno sin ganadores ni perdedores. En sus primeras reflexiones, paralelas a su rescate simbólico de la cultura del lumpenproletariado romano, define al fútbol como “la última representación sagrada que nos queda en nuestros tiempos”, en el fondo el calcio es esencialmente un rito con mecanismos de evasión, y mientras que la misa litúrgica está en declinación, el fútbol la ha reemplazado, e incluso ha invadido y conquistado antiguos espectáculos de masa como la ópera y el teatro.
Pero no quedó aquí su análisis y síntesis. Volvió a pensar al fútbol, influenciado por el estructuralismo de los años ’50, haciendo una parodia de la lingüística semiótica de moda en la universidad. Definió entonces al calcio como “un sistema de signos, o sea, un auténtico lenguaje. En un famoso artículo sobre el tema, Il calcio “è” un linguaggio con i suoi poeti e prosatori (“El fútbol ‘es’ un lenguaje con sus prosistas y sus poetas”) en Il Giorno, del 3 de enero de 1971, le pregunta al intelectual académico: “¿Qué es una lengua? ‘Un sistema de signos’ responde hoy, con toda exactitud, el semiólogo. Pero ese ‘sistema de signos’ no es sólo ni necesariamente una lengua escrita-hablada (ésta que usamos aquí y ahora, yo escribiendo y tú, lector, leyendo). Los “sistemas de signos” pueden ser muchos… Otro sistema de signos no verbal es el de la pintura; o el del cine; o el de la moda (objeto de estudios de un maestro en este campo, Roland Barthes), etc. El juego del fútbol es un “sistema de signos”, una lengua no verbal… Tiene todas las características fundamentales del lenguaje por excelencia, al que nosotros nos hemos remitido como término de comparación, esto es, el lenguaje escrito-hablado… Los ‘fonemas’, por tanto, son las ‘unidades mínimas’ de la lengua escrito-hablada. ¿Queremos divertirnos definiendo la unidad mínima de la lengua del fútbol? Veamos: ‘Un hombre que usa los pies para chutar un balón” es la unidad mínima: el ‘podema’ (por continuar la broma). Las infinitas posibilidades de combinación de los ‘podemas’ forman las ‘palabras futbolísticas’ y el conjunto de las ‘palabras futbolísticas’ forma un discurso, regulado por auténticas normas sintácticas. Los ‘podemas’ son veintidós (casi igual que los fonemas): las ‘palabras futbolísticas’ son potencialmente infinitas, porque infinitas son las posibilidades de combinación de los ‘podemas’ (en la práctica, los pases de balón entre jugador y jugador); la sintaxis se expresa en el “partido”, que es un auténtico discurso dramático. Los codificadores de este lenguaje son los jugadores, nosotros, en las gradas, somos los descodificadores y, por lo tanto, compartimos un mismo código.” La conclusión no podía ser más radical: “Quien no conoce el código del fútbol no entiende el “significado” de sus palabras (los pases) ni el sentido de su discurso (un conjunto de pases).” Contra el despectivo mundo de la alta cultura, Pasolini es capaz de disecar la complejidad de un juego que en apariencia es una esgrima tosca y simplista. Y si el fútbol es lenguaje y si toda lengua se articula en varias sottolingue, sublenguas, cada una de las cuales posee un subcódigo, sottocodice. Pues bien, en el sistema-lengua del fútbol se pueden hacer también distinciones de este tipo, dirá Pasolini: el fútbol puede y adquiere subcódigos desde el momento en que deja de ser puramente instrumental y se hace, espressivo, “expresivo”. Entonces la conclusión final es binaria, excluyente: “Puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético.” Por razones de determinismo materialista, historia social y cultura, hay pueblos que juegan un fútbol esencialmente prosaico, prosístico (el exemplaria maiorum era Italia), una prosa realista o prosa estetizante. Pasolini define, como en una reducción teórica, el elemento básico del calcio in prosa: “El catenaccio y la triangulación (que Brera llama geometría) es un fútbol de prosa: se basa en la sintaxis, en el juego colectivo y organizado, esto es, en la ejecución razonada del código.” El esquema imaginado por Pasolini para el fútbol-prosa era una secuencia mecánica: “Catenaccio-Triangolazioni-Conclusioni”, o sea: Catenaccio-triangulación-conclusión. Otros pueblos (Pasolini lo ejemplifica con la mayoría del fútbol de Latinoamérica) practican la poética, Il calcio in poesia. En este caso su núcleo es el regate puro y el gol: “¿Quiénes son los mejores regateadores del mundo y los mejores goleadores? Los brasileños. Por lo tanto, su fútbol es un fútbol poético: de hecho, en él todo está basado en el regate y en el gol… El regate y el gol son los momentos individualistas-poéticos del fútbol; por eso el fútbol brasileño es un fútbol de poesía. Sin hacer juicios de valor, en un sentido puramente técnico, en México la poesía brasileña ha ganado a la prosa estetizante italiana.” El esquema imaginado por Pasolini para el fútbol-poesía era una secuencia dialéctica: “Discese Concentriche-Conclusioni”, o sea: “Descensos concéntricos-conclusión”. Pasolini resume: “Esquema que para ser realizado debe requerir una capacidad monstruosa de driblar (cosa que en Europa es repudiada en nombre de la ‘prosa colectiva’).” Su indagación no concluyó allí. Escribió otro artículo, “Una semiologia per il goal” en Una vita futura, donde Pasolini analizará por qué Brasil, fútbol de poesía, derrota al prosaico fútbol italiano en la final del Mundial de México 1970. Y nos intentará de convencer de porqué, aunque hubiera perdido ese mítico Match por los caprichos de la diosa Fortuna, siempre el fútbol-poesía será superior.
A pesar de ser fanático del Bologna, todos los domingos que podía se iba al estadio Olimpico de Roma. Una especie de sucedáneo. Cuando estaba en otra ciudad no se perdía la ocasión de ver fútbol en directo, lo acuciaba la febbre del calcio. Su última convivencia apasionada con el fútbol fue un curioso partido intraregidores, que llamó con ironía una partita di dilettanti. Durante un primaveral 16 de marzo de 1975 se enfrentaron en Parma los equipos de rodaje de Novecento, de Bernardo Bertolucci, y Saló o los 120 días de Sodoma, la última película de Pasolini. Dos films que hablan sobre el Mal y sobre el principio esperanza desde ópticas disímiles pero con un mismo objetivo. Es además el aniversario de cumpleaños de Bertolucci, El partido de fútbol es el punto cúlmine y además debía servir para restablecer la paz entre ambos, una incomprensión a causa de críticas formales de Pasolini y mal acogidas por su antiguo ayudante de dirección. El campo de fútbol es el de Citadella, no lejos de Tardini, allí incluso juega el Parma-B. Pasolini por supuesto juega de extremo y luce el brazalete de capitán. Su squadra lleva camisetas de su amado Bologna. El resultado (Novecento, 5 – Saló, 2), así apareció en las noticias de La Gazzetta di Parma, aunque la memoria de Bertolucci dirá que ganó su equipo 19 a 13 y que Pasolini había abandonado el campo enfurecido al sentirse ignorado por los jugadores más talentosos de su propio equipo. Tan solo siete meses después de la derrota en Citadella y del descenso a los infiernos que significor captar la República fascista de Saló, Pasolini moría asesinado en Ostia. Nos queda su utopía deportiva, la vuelta al idealismo liceísta cuando jugar al fútbol-poesía era la cosa più bella del Mondo.
Es sabido que Leonardo Da Vinci tenía un motto para definir toda fuente de sabiduría, tanto en el excelso arte como en la ciencia dura: sapere vedere! Saber ver bien, no “ver” a secas, era el fundamento casi intuitivo de una pintura compositivamente bella o el reconocimiento correcto de un cuerpo dolido. Da Vinci unía en esa visión tanto la belleza como la razón, tanto la intuición espaciotemporal como la captación de las formas sublimes. Una máxima que podemos trasladar, vis-à-vis, al deporte en general y de manera especial al fútbol. Sin lugar a dudas en él tanto desde el punto de vista del espectador como del jugador, “saber-es-ver”. Si el espectáculo futbolero de enfrentamiento, táctica y estrategia detrás de un balón es de alguna manera, como decía Osvaldo Soriano “una guerra sin muertos, pero con conflicto”, la falta de visión “artística” es fatal a la hora de la contienda, de resolver el drama deportivo. ¿Qué sería de un líder en la víspera de la batalla decisiva si no contuviera en su mirada el campo de batalla y el más allá? ¿Qué sería de un habilidoso jugador o del cerebro de un equipo si le faltara la facultad de demostración, de mostrar, de hacer ver su intuición especial sobre el espacio y el tiempo del juego? ¿Qué sería del deporte y su evolución artística si sus espectadores no poseyeran el arte de sapere vedere? Quedaría el simulacro atroz, la pura teatralidad, la estadística contable burguesa. En el caso del fútbol no puede hablarse que exista una manera unívoca de ver un partido como reconocía Panzeri. Es imposible: entre el máximo y el mínimo en este arte intuitivo hay una serie de degradaciones, por lo que se puede hablar de una herradura entre un “ver-ganar” y un “ver-jugar”. Y en el arco entre los dos extremos una pléyade de posiciones intermedias, que incluyen desde el “ver-no-perder”, a el “ver-un-jugador” hasta el “ver-por-tradición”. Muchos automáticamente dirán de gustibus non disputandum, sobre gustos no hay disputas, todo vale al mirar fútbol y listo. Todo es interpretación. Pero como nos disgustamos con el posmodernismo aplicado al deporte queremos profundizar más en esta vía iluminista de indagación. Básicamente coexisten dos paradigmas en este sentido: ver el fútbol es una oposición que nunca se cancela. Como decía Ernesto Lazzatti “el que acude a ver un equipo, va a verlo ‘ganar’. El que va a seguir un partido va a ver ‘jugar’”. ¿El saber ver en el fútbol se hace o es instintivo? ¿Hay una paideia básica para conformar el gusto del hincha o la infancia en el futuro espectador de fútbol es destino? Generalmente el “saber-ver”, como otras hipotecas genéticas, se hereda en su mayor parte: casi siempre en Occidente nuestro alter ego, nuestra imago masculina (en general nuestro padre, pero puede ser un tío simpático o un hermano mayor admirable) nos marca con su club de preferencia. El imperio del Edipo en este caso tiene un efecto devastador en la agregación de nuestras preferencias. Y nos marca para siempre en una especie de pacto fáustico que jamás firmamos. Por lo que el fan-espectador de fútbol puede elegir su forma de ver un partido de fútbol, pero bajo circunstancias que no ha elegido y que desconoce. A la fatalidad de la no-elección sartreana de nuestro equipo favorito (ya nos han comprado hasta la equipación de marras antes de que nos corten el cordón umbilical) se le suma las diferencias en nuestro propio desarrollo estético, en nuestra primera educación sentimental. Aquí ya prima el principium individuatonis, el principio de individuación en el que la sola presencia en dos lugares diferentes del tiempo y el espacio basta para dar la razón de la diferencia entre los seres humanos. Cada espectador de fútbol es una historia peculiar en sí mismo. Y como tercer factor de la genealogía del espectador de fútbol, último en la evolución del espectador de fútbol pero no menos importante en su fenomenología, está la nuda experiencia infantil. Es decisivo en el desarrollo y maduración de la estética trascendental del “saber-ver” fútbol si el sujeto tuvo o no un praxis vigorosa con el balón antes de la pubertad. Si transpiró detrás de una pelota, si sufrió frente a un marcador adverso, si soportó el stress de un equipo superior, si mancilló su honor barrial alguna derrota ignominiosa. Un espectador que nunca jugó al fútbol es un espectador bizco, un fan debilitado y mutilado, un hincha a medias, un concurrente poco calificado. A partir de estos tres elementos se despliega la Bildung formativa del futuro fan. El primer sentimiento desgarrador es entregarse al Fatum que somos hinchas del club X sin nuestro consentimiento, lo que, por disonancia cognitiva, nos lleva a corregir la sensibilidad y adaptarla a la Realpolitik e historia de juego de ese equipo en particular. Se nos impondrá como imperativo categórico una tendencia a cómo veremos, a con qué prisma miraremos un partido de fútbol. Si por los caprichos de las Moiras nos toca un equipo a la italiana, con tradición resultadista, que juega al contra-ataque, embanderado del catenaccio de Nereo Rocco, la inconsciente estrategia evolutiva de la Humanidad nos empujará inexorablemente hacia el polo de “ver-ganar”. La marca hombre a hombre y el empleo sistemático-terrorista del líbero, escondido detrás de la línea de los defensores, nos parecerá el verdadero Olimpo del fútbol. El resultado lo es todo, la estadística es la piedra de toque, el utilitarismo el motor inmóvil. El “ver-ganar” es el pathos oficial de un deporte transformado en razón de estado y producción de plusvalor, el estandarte del maquiavelismo y la doble moral. Borges ya había caracterizado a la encarnación de este paradigma: “El fútbol en sí no le interesa a nadie. Nunca la gente dice ‘qué linda tarde pasé, qué lindo partido vi., claro que perdió mi equipo’. No lo dice porque lo único que interesa es el resultado final. No disfruta del juego”. Si nos toca amarrar nuestro destino deportivo a un equipo a la brasileña o a la argentina, de jogo bonito, la dinámica del drible, caños, gambetas y amagues, jogo de cintura, malandragem, espectáculo en forma y contenido, características que no se aprenden en las escuelas ni enseñan los DT pero sí en los campos de pelada, en el fútbol de calle y potrero, nuestra tendencia será oscilar hacia el polo de “ver-jugar”. Lo importante emotivamente ahora es la diversión renacentista, el juego en sí, la belleza estilística, el predominio del medio sobre el fin. Indudablemente la mezcla de estas perspectivas absolutas de ver fútbol son las que sobrecargan de emotividad, religiosidad y fanatismo los estadios y los momentos cumbres del espectáculo. Y no hay duda que además son dos formas de “sentir” el fútbol, dos Weltanschauung, visiones del mundo como diría Dilthey: una hiperracional basada en el cálculo instrumental y otra tardoromántica que añora cuando el fútbol era puro placer lúdico. ¿Recuperará el espectáculo el sabio Sapere vedere? Seguramente la decadencia centenaria del “saber-ver” fútbol es funcional al crecimiento geométrico del profesionalismo y de la nacionalización populistas de las masas en el deporte. Nuestra conclusión no puede ser más que pesimista: es inútil persuadir a un fanático que ve fútbol para “ver-ganar” que lo haga para “ver-jugar” en un mundo donde el número y la ganancia contable son la segunda naturaleza del hombre.
Sabemos que el cardenal, teólogo y filósofo Nicolás de Cusa fue el primer pensador en reflexionar sobre ese ejercicio lúdico practicado entre dos equipos de once jugadores, que disputan un balón con los pies y tratan de introducirlo en la portería contraria. Escribió un tratado sobre el antepasado del fútbol moderno, el libro se llamaba De Ludo Globi (El juego de la pelota), se imprimió en Roma en 1463. Cusa, que se refería al Calcio in livrea o Calcio in costume nacido en la Florencia de los Borgia, decía que en el juego desplegado “los movimientos físicos son imágenes del ascenso espiritual.” El balón esférico era el símbolo de la divinidad, de la perfección matemática. El dispositivo del juego recreaba el principio de la oportunidad, la intervención de la diosa Fortuna y la vuelta a un nuevo inicio. En la pelota además coinciden, dirá Cusa, principios ontológicos divinos: el caos y el orden, razón y locura, la belleza y la fealdad, el descanso y el ejercicio. Este notable (y casi único) documento filosófico fue creado a partir de largas charlas educativas con los hijos del duque de Baviera. Pero su conclusión no dejaba dudas: Dios podía ser redondo. Sabemos que a Kafka le apasionaba el fútbol, igual que a Jean Paul Sartre y Albert Camus. En el mundo de lengua alemana la cosa ya cambia. El escritor Martin Walter sostenía que Sinnloser als Fußball, pensar en el fútbol es un simple sin sentido. Un intelectual del fútbol es una contradicción en los términos. Pero muchos intelectuales ven en el fútbol algo más que el momento grotesco de veintidós voluntades persiguiendo una pelota llena de aire. Algo más que ese momento arcaico-tribal donde la complejidad del mundo burgués se transforma en un mecánico e infantil “amigo-enemigo”. Además el fútbol es estéticamente inaceptable del que se horrorizarían los griegos clásicos. Y entre estos raros intelectuales se destaca por luz propia uno de los pensadores de mayor estatura en la historia de la filosofía. El nombre del filósofo alemán Martín Heidegger, el llamado deutsche Meister, evoca con unanimidad el capítulo más excitante, polémico y profundo del pensamiento del siglo XX. Nuestra cultura desde 1945 no podría darse sentido, ni explicarse sin su influencia duradera, desde el existencialismo de Sartre, pasando por al hermenéutica de Gadamer, hasta el estructuralismo y la deconstrucción posmoderna de Derrida. Su sombra perversa, fue aliado intelectual del régimen de Adolf Hitler, permanece nítida y destacada en el panteón de la cultura de Occidente. Pero Heidegger, que eleva a la Vida como concepto central filosófico y que definía la existencia humana como “práctica en el mundo” era un verdadero Fußballfan, un fanático del pedestre fútbol. Se destacaba entre el mojigato mandarinado académico alemán por sus gestos plebeyos: despreciaba el uso de la levita y toga, muchas veces se presentaba a dar clases vestido con un style de amante de la actividad física. Sabemos que vivía distanciado en su cabaña en plena montaña, que practicaba el senderismo y escalaba cumbres, que era eximio esquiador pero en especial era un temible delantero izquierdo, único en su puesto por su rapidez y “gambeta”. Era un wing endiablado, que desbordaba, y ya era titular en el equipo de fútbol local de su pueblo natal, Messkirch, y luego siguió jugando con bastante efectividad hasta sus días de catedrático en Marburg (1924). El fútbol para Heidegger podía ser situado dentro de su propia analítica del Ser como parte de la Sorge, un término que en alemán significa “cura”, el cuidado del hombre arrojado al mundo. El Ser (Sein) era redondo por unos instantes. Además el fútbol era un momento, un Kairós, en el cual se vivía una verdadera comunidad de destino, una Gemeinschaftconcreta y vital, que generaba una verdadera praxis, líderes y seguidores, héroes y sacrificio de la voluntad en pos de un interés colectivo. El fútbol bien jugado era la demostración práctica que el destino es siempre colectivo, cooperativo. Dentro de la misma filosofía de Heidegger la sabiduría práctica era siempre superior a la mera técnica, y esta dimensión de la praxis del Dasein (Ser-ahí) también puede observarse y desplegarse en el mismo campo de fútbol. El fútbol era, de alguna manera, la épica del Dasein: camaradería, disposición, honor, estado de resolución, fidelidad y servicio. El espíritu de una verdadera comunidad. Y no se trata de mera teoría: Heidegger trató de llevar a la práctica esta dimensión práctica de su filosofía. Siendo rector de la Universidad de Freiburg, que asumió después del ascenso de Hitler al poder, introdujo la práctica obligatoria de gimnasia marcial entre los estudiantes universitarios además de crear un centro experimental de entrenamiento deportivo (que incluía el fútbol) en Todtnauberg. Heidegger mismo se colocó a la cabeza de este “Campo de trabajo científico” en Todtnauberg, tomando como modelo uno administrado por las S.A. en Bebenhausen. La experiencia duró del 4 al 10 de octubre de 1933.
Hay dos anécdotas que ilustra bien este fanatismo hacia el fútbol de Heidegger, fanatismo fundado con rigurosidad en su propia filosofía. Hacia 1959 Heidegger era un filósofo respetable, un anciano que había logrado suavizar su autoritarismo, soberbia y rigurosidad. Había logrado sortear con habilidad y picardía su pasado nazi y su devoción incondicional por Adolf Hitler. Coherente con su propiaWeltanschauung, su visión del mundo reaccionaria enfrentada al dominio de la Técnica y el Amerikanismus, vivía en su comarca natal de Messkirch. No tenía ni radio ni televisión. En abril de 1955 la UEFA aprobó una competición entre clubes europeos, la Copa de Campeones de Europa, más conocida como la “Copa de Europa”. Fue una sensación a nivel popular. En la temporada 1960-61 el CF Barcelona eliminó al Real Madrid, que había ganado todas las ediciones anteriores, se enfrentaba para llegar a la final, al Hamburg SV, el campeón alemán. Se necesitó un tercer partido de desempate en territorio neutral. Fue un match de leyenda jugado en el estadio Heyssel de Bruselas el 3 de mayo de 1961. Y fue una de las primeras transmisiones en directo para la televisión. Heidegger no se podía contener: se cruzaba a la casa de los vecinos, que tenían una flamante televisión Telefunken, para ver todas las transmisiones de la Copa de Europa que podía. En el legendario partido de Bruselas no podía mantenerse sentado y con la excitación del juego se volcó una taza de té caliente cuando el Barcelona convirtió el único gol del encuentro, gracias a Evaristo, que le daría la victoria.
Hacia principios de los años ’60 el director artístico del decano teatro de Freiburg, Hans-Reinhard Müller, fundado en 1866, se encontró de casualidad con Heidegger en un tren que venía de Karlsruhe. Al reconocerlo emocionado, Heidegger, ya era una estrella intelectual a nivel mundial, pretendió desarrollar un charla profunda sobre literatura y arte, cosa que no logró. Heidegger, que venía de dar unas conferencias en la Academia de Ciencias de Heildelberg, como un zorro-zen, esquivaba el bulto, ya sea con silencios o con monosílabos. De repente el filósofo, todavía bajo la impresión de un partido regional de fútbol, le habló todo el tiempo de un jugador maravilloso, un tal Franz Beckenbauer, que jugaba en un equipo mediocre, el FC Bayern Munich. Se deshizo en elogios por su estilo de juego, admirado relató la precisión y la delicadeza con la que trataba al balón, incluso con lenguaje corporal le visualizó al estupefacto director las fintas de su juego. Heidegger calificó a Beckenbauer, de tan sólo veinte años, de großartiger Spieler, jugador genial, además de subrayar su invulnerabilidad en al marca o lucha cuerpo a cuerpo. Müller además concluyó acertadamente que a Heidegger no le interesaba en absoluto el teatro.
Seguramente su locura por el fútbol se relaciona secretamente con su propia idea de lo que es el hombre en el mundo, de lo que debe entenderse por filosofía: una inquietud cultivada metódicamente y cuyo objetivo es abrir el mundo por medio de una praxis auténtica. ElFussball sería simplemente “la iluminación de los comportamientos que contemporaliza la Vida en su propio ser…”. El fútbol, como dispositivo de juego, es para Heidegger una verdadera Gesamtkunstwerk, una obra de arte total. El Ser es redondo, en suma.