La última copa
por Martín Perazzo, el 10/02/2010 a las 23:27
El mozo ya sirvió la última vuelta a destiempo. La copa burbujeante y con buen cuerpo se vació en un par de minutos. La noche empezaba a apagarse, claro que el protagonista nunca pensó que ese pudo haber sido su último trago como jugador millonario. El después ya no es producto de la imaginación como las líneas que nos preceden. Las noticias no tardaron en rebotar: Ortega faltó al horario de concentración, o en realidad se atrasó casi 10 horas, lo que lo deja sin excusas sobre lo sucedido.
El perdón de todos lo fue mal acostumbrando al Burrito. Su enfermedad lo hizo tropezar casi sin tregua con la misma piedra. Sin embargo el cóctel de dirigentes chauvinistas, entrenadores con poca personalidad y temerosos del clamor popular, hinchas sin razón, y la conveniencia deportiva de un River desteñido, fueron provocando que el peso de Ortega jugador siempre estuviera sobre el del Burrito sin camiseta. Todos deschavaron su egoísmo al mirar corto, sabedores silenciosos de que Ariel –de ésta manera- nunca estaría ni cerca de su recuperación.
Y la imagen de la recaída siempre regresa como un búmeran. Nos olvidamos un tiempo, nos auto engañamos con un par de pinceladas de crack, con un gol decisivo a lo Ortega, con la ovación incondicional de la gente, y cuando nos empezamos a creer la película, se corta la cinta y nos quedamos a oscuras. “Ortega sufrió otra recaída…” “El burrito volvió a faltar a un entrenamiento” “Chocó Ortega a la salida de conocido boliche en Palermo…” Llevo años escuchando o leyendo lo mismo. Y cuando Ariel pisa el error, lo están esperando las luces de la mala, hasta que el paso de los días las apagan, y como River vende, otra vez entra en juego el clamor de la prensa y la gente que lo vitorea con el patentado: “OORTEEEEGA… OORTEEEEGAAA”
Pero todo alguna vez termina. Y ante la toma de decisiones, ahora es su padre adoptivo Passarella y otro familiar del fútbol como Astrada quienes tienen la palabra. La familia de sangre ya dijo que no mediará. Y hasta aquí el único que le puso límites fue Simeone, pero con el tiempo dejó River y el Burrito regresó sin cura. Todos los demás le fueron dando licencias peligrosas que –por éstos días- la dirigencia de River está obligada a cortar.

