La última copa
Miércoles, Febrero 10th, 2010El mozo ya sirvió la última vuelta a destiempo. La copa burbujeante y con buen cuerpo se vació en un par de minutos. La noche empezaba a apagarse, claro que el protagonista nunca pensó que ese pudo haber sido su último trago como jugador millonario. El después ya no es producto de la imaginación como las líneas que nos preceden. Las noticias no tardaron en rebotar: Ortega faltó al horario de concentración, o en realidad se atrasó casi 10 horas, lo que lo deja sin excusas sobre lo sucedido.
El perdón de todos lo fue mal acostumbrando al Burrito. Su enfermedad lo hizo tropezar casi sin tregua con la misma piedra. Sin embargo el cóctel de dirigentes chauvinistas, entrenadores con poca personalidad y temerosos del clamor popular, hinchas sin razón, y la conveniencia deportiva de un River desteñido, fueron provocando que el peso de Ortega jugador siempre estuviera sobre el del Burrito sin camiseta. Todos deschavaron su egoísmo al mirar corto, sabedores silenciosos de que Ariel –de ésta manera- nunca estaría ni cerca de su recuperación.
Y la imagen de la recaída siempre regresa como un búmeran. Nos olvidamos un tiempo, nos auto engañamos con un par de pinceladas de crack, con un gol decisivo a lo Ortega, con la ovación incondicional de la gente, y cuando nos empezamos a creer la película, se corta la cinta y nos quedamos a oscuras. “Ortega sufrió otra recaída…” “El burrito volvió a faltar a un entrenamiento” “Chocó Ortega a la salida de conocido boliche en Palermo…” Llevo años escuchando o leyendo lo mismo. Y cuando Ariel pisa el error, lo están esperando las luces de la mala, hasta que el paso de los días las apagan, y como River vende, otra vez entra en juego el clamor de la prensa y la gente que lo vitorea con el patentado: “OORTEEEEGA… OORTEEEEGAAA”
Pero todo alguna vez termina. Y ante la toma de decisiones, ahora es su padre adoptivo Passarella y otro familiar del fútbol como Astrada quienes tienen la palabra. La familia de sangre ya dijo que no mediará. Y hasta aquí el único que le puso límites fue Simeone, pero con el tiempo dejó River y el Burrito regresó sin cura. Todos los demás le fueron dando licencias peligrosas que –por éstos días- la dirigencia de River está obligada a cortar.

En cada arranque de año, cuando la pelota deja de dar vueltas por los puntos, los medios de comunicación se llenan de noticias transparentes. Entonces, cualquier parecido a la realidad de los últimos veranos, es poco más que una mera coincidencia. Sobra el chamuyo y escasean las noticias pomposas en el deporte. Satura el Rally Dakar con cronistas que tocan de oído. Los Patronelli se transforman en ídolos de barro por un rato. Y mientras tanto se añoran aquellos pases de cartel que engalanaron a nuestro fútbol en otras décadas. La mayoría de los nombres que suenan para reforzar algún club son bombitas de humo y mal olor. El fútbol de verano se ha convertido en una guardería donde los pibes corren detrás de la pelota mientras algún grande se prende en el juego para no aburrirse. A todo esto el balón del verano ha vuelto a ser el principal atenuante para inapropiadas maniobras de varios arqueros que de Fillol no tienen ni el buzo.
Da pena ver como se cae a pedazos River. Lleva años a los tumbos, como un viejo rico que fundió sus arcas en el vencimiento de impunidad que da vivir fuera de la ley. Cuando lo veo jugar al equipo, cuando repaso su plantel, o cuando observo el manejo impúdico de su dirigencia, me envuelve la misma incredulidad que siento al ver como se descompone nuestro país a cada minuto y sin freno alguno.