Desde niño me sentí atraído por el fútbol. Ése es uno de los sucesos más inexplicables de mi vida. En mi hogar paterno no había nadie a quien le gustara. A mi padre, enólogo de profesión, le era absolutamente indiferente, a tal punto que no sabía de cuántos jugadores se componía cada equipo. Y menos aún en qué consistía el juego. Se refería al juego como “el fóbal” , expresión vulgar de cómo hablaba la gente común cuatro décadas atrás en el interior de la Argentina. De joven él había practicado deportes. Pero de otro tipo. Sus brazos eran muy fuertes gracias a las anillas y al caballete. Luego anexó la práctica del sable y una que otra vez, según me contaban mis tíos, había boxeado con singular suceso en el Jockey Club de Córdoba.
Pero siempre en el anonimato, sin que se enteran mis abuelos. Nacido en el seno de una familia económicamente acomodada y siendo hijo del dueño del diario más importante de la ciudad a mi padre le habían diseñado de antemano otro futuro, lejos del deporte. Un imprevisto cambió su vida, y la de toda la familia, mi abuelo había ingresado al mundo de la política e integró, como candidato a gobernador, la fórmula del partido Conservador. Pero don Carlos María murió de un infarto antes de que se realizaran las elecciones. Y allí quedó al descubierto que había aportado su patrimonio íntegro a la campaña. Sus hijos, mi padre era el tercero de los siete, honraron las deudas con las propiedades y comenzaron a trabajar para no perder la casa paterna.
La historia de mi madre sólo mostraba una similitud con la de mi progenitor: el desdén por el fútbol. Hija de una pareja de inmigrantes, mi abuelo había nacido en un pueblo de la ciudad de Lucca, en la región de la Toscana en Italia. Ya de jovencito, Giovanni Pietro Luigi mostraba una gran ductilidad para los negocios y el comercio. En los finales de la primera década del siglo pasado se afincó en la ciudad de San Miguel de Tucumán. Conoció allí a doña Carolina Sánchez, una ciudadana argentina, quien trajo al mundo a los nueve hijos de la prolífica pareja. Dorita, mi madre era la penúltima. El Tano luchó contra todas las adversidades posibles y condujo un importante ingenio azucarero por más de cuarenta años con mano de hierro.
Pero volvamos a mi historia. De mis dieciséis tíos, nueve eran mujeres y siete varones. De éstos sólo a dos les gustaba el fútbol. Ambos, hermanos de mi madre, eran simpatizantes de Boca Juniors. Los veía cuando viajábamos desde Córdoba a pasar las fiestas de Navidad y de Fin de Año con mi familia materna en Tucumán. Yo vivía a más de 600 km. o sea que descarto de plano que ellos hubieran influido en mi pasión deportiva. Genéticamente a mí no me podía gustar el fútbol.
Mi hermana Chabela, once años mayor que yo, ya era una adolescente con un físico similar al de Pamela Anderson, cuando yo sorprendí a la familia, antes de los 5 años, jugando al fútbol con una improvisada pelota hecha con medias viejas y papel de diario de relleno. Recuerdo que por entonces descubrí la Revista Goles. A esta publicación deportiva, muy popular en la década de 1960, comencé a adquirirla en el quiosco ubicado en la esquina de casa.
Era de tamaño tabloide, de un ridículo color marrón y me proporcionaba todo un universo mágico. La tipografía era grande, no me ofrecía dificultades para reconocer las vocales y las consonantes. Horas enteras estaba enfrascado en mirar sus grandes fotos oscuras y en armar frases para leer esas asombrosas y épicas narraciones de los partidos de fútbol. Al no haber TV vivía intensamente el relato vibrante de quienes transmitían el partido por la radio. Ansioso esperaba que llegara el domingo.
Después con una vieja pelota de goma salía al pasillo, vivíamos en el último departamento de la planta baja, y narraba a mi manera lo que había escuchado. Era delantero y arquero a la vez, ya que pateaba, la pelota se estrellaba en las paredes de color beige y yo saltaba, con suerte dispar, a atraparla. Varios domingos volví, tras el partido que me tuvo como protagonista excluyente, con algún que otro morado en la cara y en las piernas al golpearme con violencia la pelota. Pero a mí esto no me amilanaba, porque el relator de la radio nunca decía que éste o aquél portero se quejaba de un golpe en el rostro.
Los lunes tras el desayuno miraba la parte deportiva del diario. Y al mediodía partía con las monedas que había ahorrado a comprar mi revista. Entonces, entre el indefinido tono gris de las fotos del diario y el marrón oscuro de la revista no tenía una idea clara sobre de qué colores eran las camisetas de los equipos de la Primera División de la Argentina. Yo repetía como loro lo que escuchaba en la radio: “Señores oyentes: abrimos nuestra transmisión desde el Parque de la Independencia, en la ciudad de Rosario, para llevarles las emociones del choque entre el local y el puntero del campeonato, Los Diablos Rojos de Avellaneda” o “Buenas tardes país: hoy seguiremos atentamente lo que ocurra en la Ciudad de las Diagonales, cuando Los Triperos se enfrenten a Los Millonarios de Núñez”.
Tras el almuerzo del domingo, esperaba excitado que todos durmieran la siesta para tener en mi poder la radio. El aparato en cuestión era de color amarillo muy tenue y un fino paño color habano recubría la zona del parlante. Tenía tres perillas marrones con el centro amarillo: con una se encendía y apagaba, con la segunda se sintonizaba la emisora y con la tercera se buscaba una estación de radio en onda corta. Esta última era la que me permitía ubicar Radio Rivadavia de Buenos Aires, ya que las radios cordobesas sólo transmitían los partidos de la Liga local. En éstas había informes, cada tanto, sobre los resultados de la Primera División de la AFA, pero carecían de emoción alguna.
Pero tuvieron que pasar varios años para desentrañar, en parte, el particular lenguaje radial. Alternativamente el relator, un señor de apellido Fioravanti, apodado “El Maestro”, o el comentarista hacían referencia a los clubes de fútbol de esta manera: el equipo de La Banda Roja, Los Sangre y Luto, La V Azulada, Los Diablos Rojos, Los Verdes, Los Auriazules, Los Ferroviarios, Los Albos y Los Granates. A otros les endilgaban términos esotéricos como los siguientes: Los Pincharratas, Los Bohemios, Los Leprosos, Los Triperos del Bosque, Los Xeneizes , Los Canallas, El Fortín de Liniers, El Taladro del Sur, Los Millonarios, Los Tatengues y La Academia de Avellaneda. E incluso en estas descripciones no faltaban referencias al reino animal: Los Calamares, Los Bichos Colorados de La Paternal, Los Cuervos, Los Chanchos y Las Gallinas de Núñez, entre otros.
Ya cursaba la escuela primaria, había afianzado mi lectura y mi escritura y comencé entonces a armar el rompecabezas que me habían proporcionado los señores de la radio. Como el personaje del inefable Columbo interpretado por Peter Falk fui desentrañando cosas sobre los equipos: todos, sin excepción, eran Clubes Atléticos. Denominación ésta algo irónica ya que por los años ´60 la inmensa mayoría de los jugadores argentinos distaba de tener un estado atlético ideal, luciendo –salvo los arqueros- unos abdómenes bastantes prominentes.
Pero no sólo los diferenciaban los colores de su vestimenta, el nombre de la institución estaba unido por una “de” al lugar de dónde provenía. Éste podía ser un barrio, un pueblo, una ciudad o una provincia. Al igual que El Quijote es de La Mancha, el Club Atlético Colón es de Santa Fe. Tenían adosado un apelativo, que podía hacer referencia a su lugar de origen, o exhibir la influencia de los inmigrantes que los habían fundado. O a la clase social que representaba, al poder económico o simplemente a los colores de su vestimenta. La imaginación popular y el periodismo se encargaban del resto.
Pero en la Argentina de los ´60 al igual que en la actualidad nada se rige por la coherencia. Y nada se cumple al pie de la letra: El Quijote sí era de La Mancha y no de La Coruña; no así San Lorenzo de Almagro que no era del barrio porteño de Almagro, como anuncia su nombre, sino del de Boedo, contiguo a éste. Y habían sido bautizados “Los Cuervos”, pero no porque criaban estos oscuros animalitos para alimentar a los jugadores sino porque uno de sus fundadores era un cura salesiano que usaba, como todos sus pares, una larga sotana negra. Poco a poco cada pieza encajaba en su sitio.
Los estadios lucían el nombre del fundador del Club, pero éste sólo estaba bien escrito en la placa de bronce que perpetuaba su memoria. Tomemos como caso testigo el estadio del C.A. Boca Juniors : se llama “Dr. Camilo Ciccero” como un reconocimiento a los desvelos de un inmigrante italiano que presidió la institución. Lo que debía sonar como “Cichero” terminó sonando, para propios y extraños, como “Chiquero”, o “El Chiquero”. Y en ese lugar hay “Chanchos”, mote por el que se los conoce a los jugadores boquenses.
Esto me llevó años de investigación. Decodificaba el mensaje y me aparecían más y más interrogantes a cada paso. Tampoco alcanzaba a comprender por qué cuando aprendía todo el currículum de los veinte equipos de Primera División anualmente desaparecían tres y cobraban vida otros tres que venían del Ascenso. A esta altura yo aún no era simpatizante de ningún equipo. Confieso que de entrada me gustó cómo lo llamaban a Atlanta: Los Bohemios de Villa Crespo. Este era un club que se vio obligado a cambiar varias veces el escenario de su estadio hasta recalar finalmente en el barrio de Villa Crespo, en la Capital Federal. Siempre estuvo identificado como la institución que representaba a la comunidad judía en Buenos Aires. Pero cuando por la radio me enteré, a los ocho años, que los colores de su camiseta eran azul y amarillo dispuestos en listones verticales se me vino el mundo abajo.
Ninguna institución que tuviera en su camiseta los colores que luce la inmensa mayoría de las carpas de los circos y de los toldos de los negocios en el verano me podía gustar. El azul y el amarillo me parecía y aún me parece una combinación nefasta. Entonces seguí en la búsqueda de “mi” equipo. Me sedujo, un año más tarde, a pesar de no ser un amor a primera vista, uno en particular. Pero no quería que me pasara lo mismo que con Atlanta. Me negaba a contarles a mis compañeros de escuela de quién era hincha sin estar seguro. Cuando yo era chico nadie hablaba de irse del país, ni del dólar o de la hiperinflación y el que estudiaba inglés provenía de una familia snob.
Pero el club que me gustaba tenía un nombre espantoso. Además, impronunciable para un niño. Esperé que mi padre volviese de una gira de inspección a varias bodegas de la provincia de Mendoza para que él, un hombre de inmensa bondad y de una sólida formación cultural, me pudiera decir qué significaba ese acertijo lingüístico. Con la revista de deportes en la mano le pregunté cómo se leía el nombre de ese equipo tan raro. Mi padre con aire doctoral me dijo que yo no entendía porque estaba escrito en inglés. “Newell´s Old Boys, se escribe, Ñubels o Ñuls Old Boys se pronuncia y significa Los Viejos Muchachos de Newell´s”, me contó papá. “Son de Rosario, provincia de Santa Fe, y dicen que un profesor inglés fue su fundador”, acotó.
Rosario queda a mitad de camino entre Córdoba y Buenos Aires. Despejada la duda yo ya tenía equipo. Porque éste combinaba en su camiseta, por partes iguales, dos buenos colores: el rojo, sobre la derecha y el negro en el costado izquierdo. Pero mi felicidad deportiva nunca era completa. Densos nubarrones la cubrieron cuando descubrí en el álbum de figuritas donde pegaba las estampas de los jugadores que no sólo Newell´s era rojinegro: también lo era el C.A. Colón de Santa Fe. Sólo que los santafesinos tenían el rojo a la izquierda y el negro, a la derecha. Luego supe del porqué de esta clonación mal lograda: Colón fue fundado por un ex dirigente de Ñubels.
Hoy me doy cuenta que esta situación podría haberse agravado si un trasnochado dueño de una Editorial o un librero convertido en nuevo rico hubiera fundado el Club Atlético Stendhal, porque éste también sería, por supuesto, Rojo y Negro, como el libro. Corría el año 1966, yo tenía 11 años, el diario me sacudió en la mañana del 28 de Junio con la noticia de que el presidente constitucional el Dr. Arturo Illia había sido derrocado por un golpe militar. Ese año una mujer, Indira Gandhi, asumió como premier de la India. El Tío Sam la sigue pasando muy mal en su excursión a Vietnam y los jóvenes chinos de la “Guardia Roja de la Revolución Cultural” se revelan de manera violenta en las calles contra el Estado.
Paralelamente en la radio se referían a mí Newell´s como el “equipo Leproso” o como “Los Leprosos” del Parque Independencia. Extraños apelativos. Para no agobiar a mi progenitor, le pregunté a mi maestra en la escuela qué era la Lepra y qué eran Los Leprosos. La respuesta fue tremenda para mí. “La Lepra es una enfermedad bacteriana crónica de la piel, los nervios de las manos y los pies y las membranas de la nariz. Afecta primero la parte interna de la piel, donde destruye las fibras nerviosas que transmiten las sensaciones de frío, calor o dolor. Contrariamente a lo que se creía no es muy contagiosa y se necesita mucho tiempo de contacto para que se transmita. La Lepra es rara en nuestro país, pero todavía hay varios millones de casos en todo el mundo”, aseveró la señorita Rodríguez, mi maestra de quinto grado.
El mundo se me vino abajo. No recuerdo bien, pero supongo que me debe haber dado fiebre. ¿Cómo un niño en su sano juicio se podía hacer hincha fanático de un equipo de gente tan enferma? ¿Sería una maldición de los de Atlanta, por haberme burlado de sus colores? Además si hubiesen sido los resfríados, una patología más benigna, vaya y pase. Pero no. Eran Los Leprosos. Busqué yo en el Diccionario -abrigando la secreta esperanza de un error involuntario en la definición proporcionada por la docente- y al borde de un ataque de nervios descubrí que en la antigüedad había sido considerada una peste; que a los enfermos se les colgaba una campanilla –como a las vacas- en su cuello a fin de que su presencia no pudiera pasar desapercibida para el resto de la población. Se pensó en un presagio Bíblico y hasta que la Lepra era un castigo de Dios.
Acostado en la cama cerraba los ojos y me veía caminando por la Avenida Colón, en la yo vivía en la quinta cuadra, tan pulcro como mi madre me enviaba todos los días a la escuela: peinado a la gomina como Carlos Gardel, camisa blanca, corbata azul, guardapolvo blanco, medias azules, zapatos negros recién lustrados, mi portafolios negro y luciendo una campanilla de bronce delatora sobre mi cuello. Y a los transeúntes huir a la carrera de mi presencia.
Buscaba en la revista de deportes información sobre el estado de salud de mis jugadores. Pero no decía nada. Al contrario, hacía referencia a que el DT de la Selección, Juan Carlos el “Toto” Lorenzo, pensaba citar al arquero de los rosarinos para afrontar los próximos compromisos. E incluirlo como tercer arquero a la lista de buena fe para el Mundial en Inglaterra. Gironacci era el apellido del portero y en las fotos “El Gringo” regalaba salud y optimismo asegurando que “pasaba por su mejor momento deportivo”. Supuse que él usaba guantes para ocultar así las manchas blanquecinas y sus lesiones al técnico.
Esto era demasiada presión para la cabeza de cualquier niño y yo no era la excepción. Al mes siguiente, el día viernes 29 de Julio, cumpleaños de mi padre, lo esperé agazapado a mi tío Jorge en el zaguán de entrada a mi casa. Si alguien me podía salvar era él. Yo llevo su nombre, era su sobrino preferido y además, por sobre todas las cosas, él era médico. Venía del Hospital de Clínicas, donde era subdirector, y no lo dejé ni sentarse en el living. Lo llevé a mi cuarto y le mostré una de las tantas publicaciones deportivas que hacía referencia a la entidad rosarina. “Tío… ¿es muy peligrosa la Lepra?, ¿se cura?, ¿cuáles son los síntomas?, ¿cómo se transmite la Lepra?, ¿cómo se sabe si uno ha contraído la enfermedad?, ¿puede un enfermo de Lepra jugar al fútbol?, ¿los jugadores enfermos contagian a los sanos cuando se abrazan festejando un gol?, ¿se mueren jóvenes los Leprosos? Y ¿cómo se contagian los hinchas de Ñuls?” , fueron algunas de las preguntas que le disparé sin dejarlo pestañar.
Sorprendido por mi incipiente afición al fútbol más que por el interrogatorio, se acomodó los anteojos y comenzó a leer buscando respuestas. Y no las encontró. Pero me dio una charla médica, o mejor dicho una clase magistral, sobre la Lepra y quienes la padecían, descartando que un enfermo pudiera jugar al fútbol por dos razones. La primera, porque hacía casi cuarenta y pico de años, me decía, ya no había Lepra en el país y que el último brote aislado se había dado, justamente, en Rosario. Y la segunda, porque ningún médico que se precie de tal hubiera extendido un certificado de buena salud a un futbolista portador de la Enfermedad de Hansen. “Hoy en día sí se cura la Lepra. El tratamiento con antibióticos es largo, de 2 ó de 3 años, pero se cura…”, sentenció el galeno.
Al volver al cumpleaños le hizo un comentario al oído a mi tío Carlos: “al hijo de Eduardo le gusta el fóbal”. Contarle algo a Carlos, uno de los dos hermanos abogados que tenía mi padre, era el equivalente a publicar una solicitada a doble página color en el El País en su edición dominical. Sólo a un autista no le hubiera interesado el chisme. Ya a los brindis todos los hermanos de mi padre, mi madre, mis primos, los vecinos y una buena parte de quienes figuran en la guía de teléfonos de la ciudad de Córdoba sabían que a mí me gustaba el fútbol.
“Y de Newell´s, pobre Eduardo… ¡ Lo que le espera con este chico tan raro!”, musitó entre dientes mi tía Elisa a su marido, por entonces Agregado Cultural de la Embajada Argentina en los Países Bajos. Yo era el de más corta edad entre todos mis primos allí reunidos y también entre los de la familia de mi madre. Para colmo éstos estaban tan alejados del fútbol como mis padres o sus padres. Ellos ya eran adolescentes. Entre los varones uno practicaba natación, otro esgrima (que terminó siendo oficial de la Fuerza Aérea) y dos ajedrez. El resto estaba entregado al ocio creativo de los griegos. Entre las mujeres sólo mi hermana practicaba tenis. Me sentía el centro de todas las miradas.
Pero confieso que lo que más me molestaba era “lo del foco aislado de Lepra en Rosario” ¿Con qué autoridad un ginecólogo podía aseverar temerariamente que los hinchas de Ñubels éramos pocos? Todos los argentinos, y una buena parte del mundo, sabemos que no es así. Los “Canallas” de Rosario Central, nuestros eternos rivales deportivos, sólo ven colmadas sus gradas cuando va Newell´s, a disputar el clásico de la ciudad, o cuando canta allí Luis Miguel.
Sería mi tío pero esto me parecía un desatino de un hombre de ciencia. De haber tenido otros
padres me los imagino ocultando sus rostros bajo la careta de Groucho Marx, como los padres de Woody Allen en la película “Robó, huyó y lo pescaron” cuando hablan de su hijo delincuente en un reportaje. O a mí luciendo una túnica y caminando nervioso mientras espero la llegada de la Madre Teresa de Calcuta a mi choza para las curaciones, tras haber sido deportado a un Leprosario de la India a pedido de mis intolerantes parientes.
Había quedado al descubierto una de las facetas más tremendas de mi personalidad. Y no sería la única. A los trece años fui de los primeros entre mis amigos en trocar los zapatos con trenzas, que inalterablemente se lucían desde 1910, por unos cómodos mocasines cosidos a mano; en adoptar el jeans para todo andar y en hacerme cliente de la única peluquería que cortaba a la navaja. Fui precoz para ponerme de novio, porque yo no me contentaba con ser un eminente teórico del sexo. Y para fumar, un año más tarde. Y para cometer el sacrilegio de decir a voz en cuello que prefería a los Bee Gees y a Litto Nebbia, el creador del incipiente rock nacional, antes que a los Beatles. Y además logré realizar mi sueño: jugué al fútbol, no en “mí” Newell´s, sino en el Club Atlético Belgrano de Córdoba.
A los catorce años era un jovencito de 1,80 de estatura, dueño de una amplia caja torácica desarrollada tras de horas de gimnasio. Con esa altura podía ser arquero, zaguero central o centrodelantero según la apreciación del DT. Yo jugaba como centrodelantero y mi irrupción en las divisiones inferiores de “Los Piratas” despertó sanas expectativas entre los técnicos. Corrían los años ´70 y por mi contextura física era muy parecido al N° 9 de San Lorenzo de Almagro y de la Selección Nacional, Rodolfo “El Lobo” Fisher. Pronto en el club me bautizaron “El Lobito”.
Y me exigían en cada práctica que marcara goles. Tantos como hacía “El Lobo”. A cada tiro de esquina Fisher lo transformaba en gol. Saltaba, ganaba a sus marcadores y con lo que podía y como podía golpeaba la pelota y el arquero de turno la buscaba en la red. “El Lobo” jamás fallaba. Pero éste no era mi caso. Yo repetía la receta, pero las más de las veces, caprichosamente la pelota caía en la tribuna o fuera del estadio. Quizá porque cerraba los ojos para no ver los codos cerca de mi cara de quienes me marcaban. Incluso así jugué varios años.
Conocí y compartí tardes de fútbol con otros jóvenes delanteros del Club que sí triunfaron como “La Pepona” Reinaldi, Carlos “Chupete” Güerini y el Negro “Milonguita” Heredia. Mientras este trío hacía goles en las prácticas y en los partidos, mi involución era lenta, pero constante. Dejé de ir a los entrenamientos cuando comencé a escuchar que el técnico se refería a mí como “El Bobito”. Si de algo estoy seguro es que yo jugué al fútbol en la generación equivocada. En esos años todos, pero todos se los aseguro eran muy buenos.
Tuve como rivales, jugaban en Instituto Atlético Central Córdoba, a figuras de la talla de Osvaldo ”Ossie” Ardiles y de Mario Alberto “El Matador” Kempes a quienes ya de juveniles daba gusto verlos jugar. Y triunfaron en todo el mundo. Si hubiera jugado en estos días, en los que sujetos tan torpes y robotizados como “El Toro” Vieri o “El Loco” Palermo triunfan, de seguro yo estaría jugando a la par de Alessandro Del Piero y de Pavel Nedved en la Juventus.
Hoy, cuando ya superé la barrera de los 40, no me arrepiento de nada. Y menos de las elecciones que tomé. Soy periodista y escritor. Y yo sé que “La Lepra es una enfermedad futbolística crónica”; “que quien la adquiere no ansía curarse”; “que se transmite por los ojos ante la exposición reiterada de ver jugar a Newell´s” y “que las ansias de colocarse la camiseta, forma parte de los síntomas” .
Por todo eso sigo siendo un Leproso y estoy orgulloso de mi enfermedad. El tiempo me dio la razón en todo. Mi Newell´s, ya pasó la barrera de los 100 años de vida institucional; ya me regaló 6 Campeonatos, el último en 2004 y me llenó los sentidos con su fútbol de toques sutiles y de goles mágicos.
Es el equipo que más jugadores aportó en la historia a los distintos Seleccionados del país. Sus jugadores triunfan en todas las Ligas de Europa porque llevan el sello inconfundible de calidad. Aún cuenta, a pesar de la locura de un ex presidente devenido en tirano, con una de las mejores canteras de divisiones inferiores, a tal punto que siempre puede hacer debutar 2 ó 3 juveniles en la Primera División. Y como si eso fuera poco: yo soy el socio activo N° 259693-1.
La vida me premió viendo jugar a cracks de la talla de: el uruguayo Carrasco en el arco, a Picerni, a Berta, a Marito Zanabria, al “Cucurucho” Santamaría y al “Mono” Obberti; al “Gringo” Scoponi, a Simón, a Rochita, al exquisito Becerra y a Roque Alfaro; a Pochettino y a Gamboa, al Tano Garfagnoli y al todo terreno Lunari. A los hermanos Crosa y a los Scaloni, al Mariscal Ricardo Rocha jugando en una pierna; al “Terremoto” Cejas, al “Tata” Martino, al paraguayo Alfredo Jesús Mendoza y a Ruffini. Disfruté de las atajadas del paraguayo Justo Villar; del despliegue de Bernardi, de Mateo, de Duscher y de Leo Ponzio.
Vi a Kurt Lutman -un perro verde si los hubo-, al “Negro” Sebastián Domínguez, a Maxi Rodríguez y a Beluschi y me llenó los ojos el exquisito fútbol del “Piojo” Damián Manso, un genio del fútbol. Grité, hasta la disfonía, los goles del “Negro” Zamora, de Jorge Valdano, de los Gabrich, del “Galgo” Dezzoti, del “Topo” Ramos, de la “Chancha” Cozzoni, de Batistuta y de Balbo, de Bruno Giménez que cambió su apellido por Marioni, del “Loco” Sacripanti, de Scocco y del “Tacuara” Cardozo y del uruguayo Boghossian. Y admiré al hombre chicle, que es el Flaco Peratta, entre otros. Y por sobre todas las cosas lo vi dirigir al equipo tricampeón al Sr. Marcelo Bielsa, un DT de excepcionales valores humanos, un señor que algún día volverá al Parque…
Todo esto me permite reírme, hasta mearme, de las predicciones de mi tío médico; de lo que asevera la (OMS) Organización Mundial de la Salud cuando sostiene en su informe Anual 2002 que la “Lepra se bate en retirada” y hasta de los desvelos de ese ángel que fue la Madre Teresa de Calcuta, ya canonizada, porque a pesar de tantos esfuerzos de la humanidad ha quedado demostrado con hechos contundentes e irrefutables que en el fútbol: La Lepra No tiene Cura.