Io so che tu sai che io so
por Jorge Álvarez Pieroni, el 08/12/2009 a las 10:45 pm
Hace 27 años el multifacético Alberto Sordi escribió, actuó y dirigió una joyita del cine italiano. Il Albertone le dio forma a una comedia dramática que conmovió a la platea. Y cuya trama dio que hablar. Es que Io so che tu sai che io so oYo sé que tu sabes que yo sé, como fue traducida para el mercado hispano descorría el velo que separa, que divide, la realidad conocida e idílica de la cruel realidad.
En el filme el personaje interpretado por Alberto Sordi, es el de un empleado jerárquico de un Banco al que la vida le sonríe. Posición económica buena, poder y una familia ideal es su mundo. Pero por error él descubre la verdad. Todo es una burda fachada. Porque su amada mujer lo engaña; su hija adolescente es una drogadicta que orilla la promiscuidad y que él, aparte de cornudo, tiene los días contados por un cáncer que le ocultaban.
Y usted hasta esta altura dirá ¿qué miércoles tiene que ver con el fútbol esta película? Le pido, le ruego que no se vaya sin leer este texto. Hace unas 48 horas, en la tarde-noche de un día domingo, a Guillermo Lorente le pasó lo mismo que en 1982 le había sucedido a Fabio Bonetti, aquel personaje de Sordi.
En una hora el presidente de Newell´s descubrió varias cosas que lo devastaron. Ante unas 40.000 personas se le reveló lo peor. Por ejemplo, que un partido de fútbol no necesariamente dura 90 minutos. Imagino su sorpresa al descubrir que el segundo episodio disputado en el Coloso del Parque duraría, según la prensa, la mitad del tiempo regular.
Y lo peor estaba todavía por suceder: su equipo preso del desconcierto, como quien descubre la infidelidad de su mujer, caería derrotado, humillado por un rival que ese día emboscó, atacó y mató al fútbol con la anuencia del réferi. Pero reivindicó al teatro, con actuaciones inolvidables de varios de sus integrantes. Los calambres, tirones, desgarros, síncopes, infartos y cólicos renales afectaron a una buena parte de la plantilla haciendo las delicias de un puñado de hinchas que se trasladaron desde Buenos Aires.
Vio Lorente cómo a ese panorama desolador se le sumaban, como actores invitados, las delirantes actuaciones como pseudo-matones de dos de sus empleados quienes discutían, desde fuera del campo de juego, con el árbitro. Y cómo su arquero fuera de sí insultaba al trío en cuestión. Comprobó que un día, ese nefasto día domingo, el 70% de los integrantes del equipo que pelea el campeonato Apertura se olvidó la letra. Sí él los vio, no le contaron que durante unos 60 minutos se limitaron a tararear la música. Y se dio cuenta que con eso no alcanza para triunfar en éste ni en ningún deporte.
Sufrío el escarnio posterior de enterarse que ese árbitro fuera designado, y luego bajado, para controlar el encuentro que podría consagrar campeón a Banfield, el equipo que pelea el título con el suyo. Y Lorente no atinó a mirar a sus pies… porque como Sordi se dio cuenta, de manera accidental, que siempre estuvo parado en las arenas movedizas de AFA.
