
Agradecemos a la revista "El gráfico"
He aquí un cuento sobre uno de los tantos jugadores que fueron héroes por un día, el puma Edgar Garete, uno de los tantos personajes que vive en mi imaginación y espero que aunque sea por unos minutos en la de todos ustedes.
Cuando terminó de bajar el último bidón de agua se tomó el antebrazo derecho con todas sus fuerzas. Supuse que se había golpeado en uno de los parantes del camión, lo vi con el pelo húmedo, pero no llegué a darme cuenta si era sudor o era por la llovizna que había caído hacía ya un rato largo y aun no se le había secado. Me acerqué hasta él y le ofrecí sentarse en mi oficina, a lo cual accedió sin decir una sola palabra.
Hacía ya dos años que todos los lunes a primera hora bajaba los quince o veinte bidones de agua que semanalmente se consumían en la empresa donde yo trabajaba, pero nunca habíamos cruzado una palabra más allá del saludo. Le traje un vaso de agua y le pregunté que le pasaba en el brazo, pero no contestó. Le pregunté si se había golpeado en el parante trasero. -No, no…es la humedad-, me respondió y dejó el vaso de agua en una mesita ratona que estaba al lado del sillón.
-Si, a mi también me duele el codo cuando juego al tenis. Es un dolor de mierda- le dije como para iniciar una conversación.
-¿El tenis es eso que se juega con la paleta no? No, no a mi me gusta el fulbo- me dijo y volvió a apretarse el antebrazo en una clara señal de dolor. -Sabés lo que pasa pibe, lo que me mata es la humedad. Cuando el tiempo está así… me duele el arreglo
-¿Cuál arreglo?- le pregunté ya con una denotada curiosidad.
-Mire acá, ve esto que me sobresale, a eso me refiero, eso es lo que duele.
Con más impresión que sorpresa vi que tenía una especie de incrustación pero adentro del brazo. Como si fuera un señalador de libros grueso de unos diez centímetros de largo que se hubiera “escondido” allí. En ambos extremos, el “implante” en cuestión tenía una gruesa cicatriz de unos cuatro o cinco centímetros.
Mi cara de asombro apuró la aclaración sobre su herida.
-Fueron mis épocas de gloria. En el momento en que estaba el hospital viendo que hacían con mi brazo fracturado, pasó un chico con el diario bajo el brazo, el tribuna deportiva viste y un título que decía “Las garras del puma lo pusieron en la final”. Le dije que me lo mostrara, no lo podía creer, estaba tan emocionado que me olvidé del dolor, me olvidé de todo, vio. Y abajo decía “Edgar el puma Garete atajó el penal decisivo y le dio al 12 de Octubre su pase a la final”.
Me quedé estupefacto sin entender demasiado la historia, no sabía si aquel hombre estaba delirando o me contaba un hecho real.
-Yo soy nacido allá en Paraguay sabe, hice todas las inferiores en el Silvio Pettirosi. ¿Lo conoce?
-Creo que alguna vez lo escuché jugar alguna copa-, le dije para no quedar descortés.
-No, no, ya se por qué lo conoce, es que el aeropuerto de Asunción se llama así. El Silvio Pettirosi era un famoso aviador, el primero del Paraguay. Nuestro club es del ascenso, tiene la camiseta, los pantalones y las medias verdes, sabe, igual al Ferro de acá. Y nuestra cancha es chiquita pero linda, sabe, es parecida a la de Colegiales, que está acá cerca, en Munro, atrás de una fábrica donde entrego bidones.
-¿Y usted era bueno?
-Yo era mejor que Chilavert y que el Ever Almeida, sabe. A los 21 años me compraron del 12 de Octubre, un equipo de primera del Itaguá, allá cerca de Asunción. El primer año era suplente y nos salvamos del descenso por un punto. Ese año el arquero titular se retiró y me dieron la oportunidad y créeme que no la desaproveché, agarré el arco y no le solté más. Bah, lo tuve que soltar por razones de fuerza mayor…justo en el día más feliz de mi vida.
-¿Como es eso?
-En el reclasificatorio del 85, jugamos la semifinal con Cerro Porteño, ellos eran invencibles porque aquella época. El que ganaba ese partido jugaba la final con Olimpia. Empatamos uno a uno de milagro, atajé como nunca. Fuimos a los penales y en los cuatro primeros acerté tres veces el palo pero no había atajado ninguno. Hasta que llegó el quinto, ganábamos cinco a cuatro y Pedro Alcides Caballero un marcador central muy duro agarró la pelota, la acomodó, me miro a los ojos con furia….Te mato pibe, me dijo. Pateó fuerte a mi derecha, a media altura. Ahí fui yo y lo atajé vio…Fue increíble-, me dijo, mientras una lágrima le surcaba la mejilla derecha.
-Pero entonces…fuiste el héroe de la clasificación, ¿dónde estuvo el problema?
-En el festejo vio-…Edgar Garete se llevó ambas manos hacia la cara y lloró desconsoladamente…como a un chico al que le acaban de arrebatar el chupetín. No me sentí con derecho a interrumpirlo, respeté su llanto. Unos diez minutos más tarde y ya más tranquilo me detalló los hechos. -Cuando atajé el penal se me tiraron mis compañeros encima, yo estaba mirando al cielo, en señal de agradecimiento, al lado del palo derecho. Cuando Benitez Cáceres me cayó encima, me agarré del palo y ahí llegó Arístides Amarilla, nuestro número nueve, un grandote de casi dos metros y noventa kilos y cayó justo ahí…arriba de mi antebrazo y me lo fracturó. Fue un dolor interminable, todavía me parece sentirlo. Fui sintiendo como se rompía íntegro el hueso, milímetro a milímetro-…El puma hizo otra larga pausa y continuó: -sabe que yo sueño casi todas las noches con eso y siento el mismo dolor que aquella tarde…nunca me voy a olvidar de eso sabe…
-Pero y ese… implante…
-Si, si, fue mi culpa, sabe. Yo quería jugar esa final a toda costa vio y en el hospital me dijeron que tenía para un año, que la prótesis había que mandarla a buscar no se adonde y que no se sabía como iba a quedar y ahí yo cometí el peor error. Fui a un curandero de allá y le dije que en 15 días tenía que jugar un partido sea como sea y…él me dijo que me iba a operar, que yo le consiguiera una prótesis “casera”. Al lado de mi casa estaba la metalúrgica donde trabajaba mi papá vio, ahí yo pedí una planchuela de una pulgada por un octavo y unos tornillos para agarrarla y a los dos días me operó el loco este.
Por un momento pensé que me estaba cargando, pero la tristeza contenida en esas palabras hicieron que lo borre rápidamente de mi cabeza. Miré su brazo y noté que lo que tenía injertado era efectivamente una planchuela, tal como él decía.
¿Y que pasó?- después le pregunté
-Imaginate…el dolor que tenía en ese brazo no me dejaba vivir tranquilo. Aun así me presenté en el club, fui con un pullover escote en V azul que tenía para que no se vea lo del brazo. Cuando me vieron no lo podían creer, hasta que el doctor me llevó a un costado y me dijo que le mostrara el brazo. Apenas me arremangué el pullover, el tipo me miró y se desmayó vio, tuvimos que llamar otro doctor para que lo atienda a él…La cuestión es que no me dejaron jugar y me rescindieron el contrato.
-Claro y ahí largaste todo-, supuse.
-No, no, que voy a largar. Al año siguiente me volví al Silvio Pettirosi, es más llegué a jugar dos partidos en la pretemporada…
-¿Con el brazo así jugaste? ¿Como hacías?
Y, me la rebuscaba vio, cuando me tiraban para ese lado la sacaba con mano cambiada si podía y sino, era gol vio…¡pero ojo que casi ni se notaba que estaba con un brazo menos! Pero se enteraron del 12 de Octubre y el doctor de allá lo llamó al del Silvio y bueno, ahí me dijeron que no iba a poder vio.
-Y bueno que se va a hacer y cuando te salió este laburo te viniste para acá…
-No, no, yo me vine para acá por el fulbo también.
….
-Claro, tenía un compañero de allá que se había casoreado con una argentina y se vino a vivir acá a Moreno y se había hecho hincha del Midland vio, que ahorita está en la C de acá. Entonces vine a probarme porque el arquero de ellos se había a probar a Peñarol de Uruguay y había quedado vio. Ahí me vine para acá y me probé en el Midland.
-¿Y quedaste?
-Claro, no le digo yo que era bueno de veras. Me dijeron que atajara, me daban 200 pesos de aquella época y toda la carne de la semana, porque el presidente tenía carnicería vio y como yo estaba un poco flaco en aquella época…se ve que el tipo quería asegurarse de que estuviera bien alimentado.
-¿Y no se dieron cuenta de la planchuela?
-No, ni cuenta que se dieron. Pero…después de un mes de pretemporada me dicen que si había jugado en algún equipo de allá vio. Yo les dije que no, entonces ahí me dijeron que me tenían que inscribir en AFA y que se yo. Que tenía que hacer un analisis de sangre y una radiografía. Fui al hospital de Moreno y puse el brazo mirando para allá vio…yo pensé que si lo ponía al revés no iba a salir en la radiografía esa, pero…salió. En el club se quisieron morir, imagínese. El presi me dijeron que no me preocupara vio y me consiguió este trabajo. Ah, me olvidaba, me dio la carne de la carnicería de él por tres meses, hasta que me acomodara vio…
Llegó el momento de retomar las tareas y volver a la realidad. Pero el día ya no sería igual para Edgar Garete. Estaba visiblemente emocionado, le hizo bien contarlo me parece, se sintió jugador de nuevo, aunque sea por un rato. No supe si darle la mano o no. Ante la duda, le di una palmada en el hombro. Lo vi irse caminando y al llegar al borde del camión me imaginé que los bidones de agua apilados eran gente vivando en una tribuna. Cerré los ojos y me pareció escuchar el grito de la hinchada: “Gareeeete, Gareeeete!!!
Se dio vuelta y me miró como si me hubiese leído la mente, sonrió y levantó la mano como cuando los jugadores agradecen el reconocimiento del público.
Me agarró una especie de escalofrío que se fue extendiendo por todo el cuerpo. Estaba tan emocionado como Edgar Garete, el puma…